diciembre 25, 2011

De Navidad y Nuevo Año

Les propongo que el siguiente escrito sea acompañado de esta pequeña composición musical: 
http://www.youtube.com/watch?v=MEDGelkLkxM

La navidad es una fiesta globalizada en la cual se celebra el aniversario de nacimiento de Jesús, el hijo de Dios. Se suele caracterizar por la entrega de regalos materiales entre quienes se quieren o estiman, una cena de elite con la mejor de las producciones, unos cuantos villancicos y un brindis. Para quienes no creemos que hace más de dos mil años haya nacido un sujeto de un vientre virgen, no es más que una ocasión que con costumbre utilizamos para aprovechar un buen rato en familia, lo cual no es necesariamente malo, ni nos transforma en pequeños Grinchs.

La noche de ayer fue precisamente la conocida como “Noche Buena”, que por lo menos en mi caso estuvo marcada por un agradable intercambio de presentes, unos cuantos mensajes de texto deseando felicidad y una cena de envidia. Sí, fue una noche buena, salvo por uno que otro percance. Particularmente el olvido de mi madre de llevar unos cuantos regalos al lugar de encuentro, y más lamentable aún, el robo de la rueda de repuesto de la camioneta de mi tío. Apunto a que es más lamentable aún por el simple valor económico, mas hoy doy cuenta que pudo ser peor. En fin, pareciera que incluso hay quienes en navidad no dejan de trabajar.

Ayer todo fue exquisito, y destaco mi paseo hacia la casa que -como norma general- todas las navidades es iluminada en demasía. No bromeo cuando escribo que incluso canales de televisión hacían nota de ella, pues no había más de cinco centímetros de distancia entre parte de algún objeto decorativo, y el próximo. Recuerdo a cuatro renos en su tejado, luces por cuanto podía haber, unos veinte niños asomados a la reja y por lo menos doscientos gordos de traje rojo. Más interesante todavía es que la dueña de casa haya fallecido hace unos pocos meses atrás, y en la entrada de su morada figurara su imagen, junto a un deseo navideño enviado desde el cielo. Al parecer hay quienes se toman sus costumbres en serio.

La noche de navidad fue agradable, es cierto, pero si miramos el calendario veremos rápidamente que se aproxima una de índole incluso más festiva. Estamos a pocos días de que se acabe el presente año, y comience el próximo. Este año -tanto como los que he vivido antes- tuvo pequeños momentos para el olvido, y grandes experiencias para el recuerdo. Destaco el haber compartido con amistades que no nacieron hace mucho, pero que poco a poco se vuelven importantes en el diario vivir, y por otro lado, el enterarse que todavía queda gente buena en este mundo tan contaminado. No, no estoy seguro de ser uno de ellos.

No termino de entender por qué nosotros somos siempre quienes debemos darle la bienvenida al nuevo año, y nunca al revés. De alguna manera, como colectivo social agradecemos estar vivos un año más, y darnos el fraternal abrazo de las 00.00 hrs. nos hace grandes, mientras pretendemos olvidar los malos momentos del pasado. Personalmente prefiero no olvidar, sino recordar y aprender de ellos. Me da la impresión que eso nos hace incluso más grandes que un simple abrazo y dos palmadas en nuestras espaldas.

Se terminan los días en el calendario que sostiene la pared, y es algo que todos debemos enfrentar. Esperemos que en los días que pronto llegarán el amor, la salud, y por qué no el dinero nos jueguen una buena pasada a todos, y nos hagan un poco más felices. Digamos que a veces se hace evidente su ausencia.

Me despido de quienes leen estas humildes palabras con un fraterno saludo, esperando que  la noche de anoche haya sido memorable, y deseándoles desde ya una celebración para el recuerdo el próximo fin de semana. Considerando que la vida podría no ser más que una pila de rocas sobre un mar de todo y nada, los invito a seguir construyendo camino.

Hasta un próximo año.




diciembre 12, 2011

Ciclo y Sentir

Un encuentro, dos personas, tres palabras. Una sonrisa, dos chistes y la cotidianeidad a la que estamos acostumbrados. El intercambio cómplice de miradas se hace ineludible, y la última calibración hecha al corazón indica el norte apasionado, cual brújula del sentir.

Un día por dedicar, dos grandes temas de los cuales conversar y tres horas de placentera conexión. Me escoges, y frente a la congoja y la melancolía soy el soporte que siempre quisiste tener. Soy feliz siéndolo, pues es tu felicidad la que está en juego.

Un nombre concreto, dos años ya y tres situaciones que por poco nos separan. No ha sido fácil, pero no puedo sólo voltear frente a quien conoce mejor mis secretos, anhelos y experiencias. Mis labios siguen besando los tuyos, y por costumbre a ratos amaneces junto a mí.

Un ente, dos unidades conformándolo y tres mentiras que nos desgastan. Mi felicidad, la tuya y la que vendrá no terminan de entender cuándo y cómo terminó todo. Hemos dejado atrás las promesas, el compromiso y la exclusividad. No eres más mía que suya, y me duele que no me duela.

Un quiebre, dos alivios y tres lecciones. Volver al ciclo de la trivialidad me hace grande, pues la experiencia no es algo que se compre en grandes almacenes, y de ella hoy tengo demasiada.  Presumir, claro, de afable prospecto será no más que un embuste, pues habito en él una vez más por efectos de marrada continuidad, y evidentes dudas. Ni modo, a seguir viviendo.

Hasta una próxima lectura.


diciembre 08, 2011

Debes Saber

Debes saber que te condeno. Te condeno porque esto no ha funcionado como ambos en su momento esperamos, o por lo menos como yo esperé. Yo esperé que cumplieras tus promesas, y me acongoja el no saber si tus palabras alguna vez pertenecieron al mundo de lo sincero, y ciertamente tus acciones no demostraron que así fuese, y por eso te condeno. Te condeno a que me condenes, e impongas tu deseo de convertirme en un hombre soltero una vez más, tal como he estado hasta este preciso momento, porque incluso después de lo que vivimos, esto que para mí fue trono y trino, pareciera que para ti no ha sido más que burdos abrazos, tres regalos y un beso. Un beso, clásica tortura propia de los tiempos modernos.

Debes saber que espero que no te enteres que espero que me esperes, porque hoy, más viejo y más cansado reconsidero cuanto puedo, y me arrepiento de no haberme arrepentido antes de aquel ayer. Aquel ayer es hoy sólo un recuerdo, y lo valoro de buena gana compartiendo cuando puedo las experiencias que tan felices nos hicieron. Nos hicieron creer que éramos el uno para el otro, siendo la realidad que aquel otro, era otro. Era otro quien te creía todo, y si hoy en algo creo, es particularmente en que puedes creerme que ya no te creo nada.

¿Recuerdas que alguna vez conversamos sobre qué sucedería si decidiéramos terminar con esto, aquello y todo? ¿Recuerdas que no entendías por qué te dije que desde ese momento cada vez que crucemos miradas, deberíamos sonreír tímidamente y de improviso mirar en otra dirección? Sucede que después de lo vivido mis ojos no pueden ya clavarse en los tuyos, y son éstos también los que están lejos de buscar los míos. Llegó nuestro momento. Me lamento al confesarlo, pero llegó nuestro momento de darnos cuenta que nos idealizamos mutuamente, y que nunca estuvo contemplado un escenario donde fuésemos nosotros los protagonistas.

Debes saber que desde hoy caminaré solo, y en adelante honraré tu nombre por cuanto me has hecho crecer. Crecer, por último, es declararme vivo en estas líneas, que bien podrían no trascender en la vida de nadie, salvo en la de quien las escribe. Dicen, nada que el diazepam no olvide.

Hasta una próxima lectura.


noviembre 27, 2011

Reflexión del Silencio

A menudo me da frío, y se ha vuelto frecuente este sentimiento de soledad. Es un hospital lúgubre, las luces son opacas, y los pasillos están desaseados. Por lo menos así era cuando llegué, y si bien no he dejado esta habitación hace ya un tiempo, imagino que la situación no ha cambiado mucho. A diario siento dolores, pero estar acá por lo menos me da tranquilidad, espacio y tiempo para pensar. Pensar en cuanto no pensé antes de enfermarme, y recordar aquellos pasajes vividos en tiempos mejores.

Recuerdo que hasta hace unos meses, mi hija me visitaba con relativa frecuencia. Siempre optimista y esperanzada en mi pronta recuperación, ha sido siempre mi motivo más importante para seguir viviendo. Sus palabras de apoyo y buenos deseos todavía resuenan en mis oídos, y los hospedo con el máximo aprecio y cuidado, pues son lo único que durante estos días resuena en ellos. Al día de hoy no soy más que un ente enfermo ocupando el colchón, y no me siento orgulloso de confesarlo. Tanto es así, que parezco haberme convertido en una verdadera molestia para la gente a mi cuidado. La enfermera no demuestra sincera preocupación, y no viene más de una vez al día a confirmar que mi corazón todavía late. El médico parece haberme olvidado, pues ni juicios ha hecho últimamente, y de aquel farmacéutico no supe más después de su aclaración sobre interacciones entre medicamentos. Confieso que ni siquiera entendí de lo que me estaba hablando.

Para tratarse de un hospital, el recinto deja bastante que desear. Además del dejo de atención profesional, la suciedad y los hongos se apoderan poco a poco de los muros y las cavidades. Ni hablar de los olores, que se han vuelto realmente insoportables. Lo que me parece muy molesto e irritante, es el hedor que escapa del baño de la habitación. Las cañerías llevan semanas expuestas, y entre una que otra filtración se hace evidente la acumulación de mierda. Lo único que me molesta más que eso, es que la administración del hospital está al tanto de la situación, y no se preocupa de arreglarlo. Escuché hace unos días a las señoras del aseo hacer comentarios al respecto, sé de lo que hablo. También sé que no debería juzgar a mi compañero de habitación por su enfermedad, pero su cáncer de colon no mejora el panorama.

De vez en cuando siento ciertos dolores en los talones. La cadera también me genera problemas, y me duele de sobremanera cuando elevan mis brazos para asearme. Probablemente se trate de escaras, aquellas úlceras por presión que tanto dolor y malestar le generan a los pacientes que como yo, tienen movilidad reducida o nula. Dios, si estás en alguna parte y te enteras de mi situación, por favor deshazte de ellas. Si es demasiado pedirte despertar del coma que tanto sufrimiento le ha causado a mi familia, por lo menos te pido que me ayudes a dejar de sufrir estos dolores silenciosos, agudos y constantes que a diario me hacen arder en llamas.

Nunca me he caracterizado por ser pesimista, pero no puedo tampoco hacerme el desentendido en esta situación. Es la hora. No me lo esperaba, pero es la hora. Me da pena saber que no hay más sangre con mi apellido en esta habitación, y que eso signifique un adiós sin despedida me destruye el alma, pero me da más pena no poder esperarlos. Me da pena saber que podrían demorar semanas.

Comienzo a sentir mi corazón desvanecerse, y respirar poco a poco se me hace imposible. La opresión en mi pecho nubla mis recuerdos y mis ganas de aferrarme al mundo de lo material. Es curioso, pero ya no siento dolor. Ningún dolor, de hecho. Sé que este es el fin, y no perderé más el tiempo con banalidades absurdas. No perderé más el tiempo con recuerdos que no podrán viajar conmigo, y dejaré atrás esta reflexión del silencio para concentrarme en lo que mi último arrebato me inste a hacer. Lo aprendí de niño, y mis labios lo censuraron desde los quince hasta ahora. Supongo que enmudecido, al igual que los más gratos recuerdos, se trata de algo que nunca dejó de estar en mí.

Padre nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre (…)


Hasta una próxima lectura.

noviembre 20, 2011

Bar y Amores

Domingo veinte, finales de año. Por cuarta y última vez en la semana camino a la barra que acostumbro, donde uno que otro trago embriagará las desdichas clásicas del desamor. Me sirven el whisky doble de rigor, mientras canalizo mis potestades para transformarlo en el anhelado cianuro. No alcanzan a pasar dos o tres minutos, cuando me da por encender el primer cigarrillo de la noche. Por simple hábito adquirido,  miro fijamente el humo que se desprende de aquel pitillo, y me  prometo una vez más que no aburriré al barman con mi historia, que de ella ya ha tenido suficiente.

Intento no pensar en nada, mas inevitablemente después del segundo vaso a muchos nos da por recordar. Cerrar los ojos, juntar la mano izquierda con la frente, y recordar. Recordar nuestro primer encuentro, aquella tarde de abril en que me presentaron a Verónica. Recordar mis palabras, su sonrisa, nuestras miradas. Recordar aquellas conversaciones de mesa, mis chistes, su risa y lo bella que la hacía ver. Recordar aquel primer beso que le robé, y el sentir presuroso de nuestros corazones, que bien sabían que aquel hecho marcaba precedentes que después darían de qué hablar. Recordar que comenzamos la relación más apasionada que tanto ella como yo hemos tenido, y cómo acordábamos vernos en nuestros nidos de encuentro que alimentaban nuestra algarabía sentimental. Recordar que de aquella relación hoy queda nada.

El tiempo no se detiene y la noche avanza. Los vasos se vacían, las colillas se acumulan y el bar declara su victoria una vez más. Pensativo, observo cómo otro joven muchacho intenta ligar con la extranjera que hace dos semanas frecuenta este mismo  antro, y me recuerda mis intentos fallidos de forjar una relación antes de que finalizara la última. Ahora me dio por entender que el verdadero amor no se busca, sino que se espera. Quienes no quieran correr mi misma suerte, tan sólo deberán entender que los secretos, las mentiras y el engaño no servirán más de lo que pueden dañar.

En más de una ocasión, Verónica me habló de su sentir culpable, y me cuesta entender cómo pudo finalmente éste anteponerse a lo que sentíamos. Le propuse una vez que nos fuéramos, que olvidáramos todo y partiéramos lejos, pero el miedo a dejar a los suyos pudo más. Tal vez su manera de sentir no fue más verdadera que la mía. Tal vez su manera de sentir tenía compromisos inalienables con otro amor.

Reconocer que nuestra relación no tenía un nombre clásico no me traía mayores problemas, aunque hubiese deseado poder llamarla mi novia. Para nuestro mutuo lamento, bien sabíamos que ese título lo había proclamado su hija pocos días antes de presentarnos, con no más de unas pocas citas, tres besos y dos te quiero. Enterada ella de la verdad del caso, se encargó de generar un quiebre de magnitudes monumentales tanto en su familia, como en la relación con mi verdadera amada, y como era de esperarse, fui desterrado de su vida por cuanto pude serlo. Verónica no ha contestado mis llamadas desde entonces. Supongo que hay veces en que no sabe el deseo más que la suerte, y sólo nos toca callar.

Da la hora de cierre cuando afuera de las paredes que albergan  el humo, los hedores y las caras de derrota se vislumbran los primeros rayos de sol de un nuevo lunes. Me levanto satisfecho, y converjo mis pensamientos e ideales en la conclusión rutinaria. Costará encontrarlo, y probablemente tienda a esconderse una vez descubierto. No sabrá de edades, géneros ni clases sociales. Podrá llenarse de polvo, y necesitará eventualmente una buena sacudida para volver a brillar, pero de lo que estoy seguro, es que el amor sí existe.

Hasta una próxima lectura.


noviembre 15, 2011

Por, y Para Ti

No es exactamente el momento más cómodo de la conversación, pero para quienes se han mostrado interesados en conocerme un poco más, se ha transformado inevitablemente en la pregunta de rigor.

“¿Y lo superaste?”

Entenderán aquellos -poco afortunados- compañeros de experiencia, que esto no es precisamente algo que se supere, sino que tan sólo se puede aprender a vivir con ello, y mi respuesta no suele disentir de aquella sensación.

“Yo creo que he aprendido vivir, tal como a él le hubiese gustado que lo hiciera”

Él siempre fue un hombre alegre, sensato, racional, y por sobre todo muy optimista. Me inculcó valores de los que me siento orgulloso, y me enseñó a creer en mí mismo. Me hizo ver que las realidades particulares son tan disímiles como cada personalidad, y que ninguna vale en lo concreto, más que la otra. Recuerdo bien los juegos con los que me divertía a diario, y sus clásicas charlas motivacionales. Tanto bien que hizo no pasó desapercibido por mi vida, y he aprendido a honrarlo en cuerpo y alma. Puedo decir sin pudores que él fue el único hombre al que he amado, y al día de hoy mi postura se mantiene inamovible.

Haciendo pública una infidencia, confieso que con nadie he dormido más veces que con él, y todavía a diario amanece junto a mí. Está conmigo en cada viaje que hago, y en cada panorama que planeo. Está entre mis recuerdos, mis proyectos y mis amigos. Está en casa, en mis pensamientos e incluso en aquellos encuentros furtivos. Está en mis tributos, mis anhelos y mis promesas. Está en mí, y jamás dejará de estarlo.

El día de hoy es para mí, sin lugar a dudas la fecha más triste del calendario. Se cumplen seis años ya desde la última vez que mis ojos vieron los suyos apagarse lentamente, mientras mi madre apretaba con firmeza su mano derecha, en un desesperado intento de aferrarlo a nuestro mundo. Jamás he vuelto a escuchar un grito tan desgarrador como el que di aquella insufrible mañana, y dudo de mi capacidad para repetirlo.

El reloj no haraganea, y deja en evidencia que el tiempo no ha pasado en vano. He madurado, y junto a mi hermano nos hemos transformado en los hombres que hubieses deseado ver. Mi madre no vive más por ella, que lo que vivía por ti, y tu ausencia se ha hecho evidente en la crianza de tu hija. Como familia seguimos vivos, y de alguna manera hemos sabido salir adelante. Sería una mentira decir que no te extrañamos en nuestras graduaciones, en cada uno de nuestros cumpleaños, navidades o finales de año. Te extrañamos de igual forma durante las vacaciones, el día del padre y te seguimos extrañando al día de hoy. Te extrañamos siempre, y no podrías imaginar cuánto.

No quiero, por cierto, que esta confesión se preste para malos entendidos. Bien sé que ya no estás con nosotros, pero eso no quiere decir que nosotros no podamos estar contigo. Queda claro que el sentir pertenece de manera exclusiva al mundo de quienes todavía respiramos.

Hoy vuelve a ser quince, y figura entre mis dedos la idea de homenajearte una vez más. No dejaré registro de particularidades que de necesarias tienen poco, pues sabrías tú tanto como yo sé, que el verdadero sentir y los reflejos íntimos del alma se respiran incesantes, y me vale más dedicarte este espacio, mis acciones y mis dichos, que una lista de extintas bondades. Bien sé quién fuiste, y en mí, quien todavía sigues siendo. Bien sé que no puedo abrazarte, y me complace que seas tú quien me abrace a diario. Bien sé que hoy no estás, y me consuela saber que nunca dejarás de estar. Bien sé que te amo, viejo, y que eso jamás dejará de ser así.

Por, y para ti, hasta una próxima lectura.


noviembre 08, 2011

Viernes Casual (Parte II)

(…) Una vez en la estación, y bajando por las escaleras mientras compartíamos las mismas risas de aquella mañana, advertí que la cantidad de gente ahí era inusualmente alta, llegando a ser notoriamente incómodo. No cabía un alma más entre los cuerpos que con dificultad se yuxtaponían, la mayoría de ellos sucios, malolientes y cansados. Miramos en ese momento a nuestro alrededor, y notamos que los codazos y los empujones eran más frecuentes que las conversaciones entre quienes con apuro tramitaban sus vidas. Codazos y empujones de los cuales nosotros también fuimos víctimas y agresores. Fue en ese entonces cuando la escuché gritar.

-          ¡Mira! – Exclamó mientras señalaba a un pequeño animal que a la distancia parecía ser un perro -guardaba cierto parecido con un Golden Retriever- que aullaba desconsolado del otro lado del andén.

Perplejo, noté que el pequeño de unas siete semanas –pensé, como si se hubiese tratado de un perro- retrocedía en dirección a los rieles del tren que pronto llegaría. El andén estaba atestado de gente, mas nadie se preocupó de salvaguardar la integridad del pequeño y supuesto canino. Con evidente angustia en nuestras miradas fuimos testigos de cómo cayó a la línea del tren, y junto a unos pocos espectadores que también habían advertido la pronta tragedia, nos preparamos para lo peor.

Claudia se disponía a buscar a algún encargado de seguridad para dar aviso de la caída del pequeño animal, cuando frente a todos, y por sobre toda lógica y racionalidad, vimos salir del oscuro túnel a otro de ellos, esta vez mucho más grande. Inexplicablemente grande. Debió medir unos cuatro metros de alto estando sentado, y conformaba en todas sus dimensiones a un cuadrúpedo singular, de descomunal tamaño y musculatura de envidia. Jamás se había visto a un canino de tales características, era un verdadero monstruo, que en un intento desesperado se precipitó sobre el cachorro, como si quisiera protegerlo de las miradas morbosas que anhelaban el sangriento desenlace. Comenzó a ladrar con evidente molestia, dejando entrever sus afilados y amarillos colmillos, lo que generó en todos los espectadores un alboroto colectivo. La histeria, los gritos, el miedo y la desesperación se apoderaron de ambos andenes, y en un intento global por escapar de la estación, los empujones se hicieron más y más frecuentes. Sumado a lo anterior, los estruendos que generaban los coletazos del animal al chocar incesantes contra los extremos de los andenes, y el tiritón que esto generaba en el piso que la mayoría compartía, causaron que fueran varias las personas que sufrieron la misma suerte que el inocente cachorro, cayendo entonces a los rieles del tren. Toda esta situación ya era muy extraña, y se ponía cada vez peor.

Claudia -al igual que todos los presentes- no lo podía creer, y se aferraba a mi brazo con la misma fuerza con la que me había empujado esa mañana. Me lo sentía estrangular, mientras asombrados seguíamos viendo gente caer entre ambos andenes. Los gritos eran ensordecedores, y la exasperación colectiva. De momento que el cuadrúpedo gigante se levantó, y comenzó a caminar en dirección a quienes habían caído a los rieles, se dio la orden de cortar la corriente para suspender la llegada del próximo tren. No sé qué habrá sucedido, porque más que la simple orden, no hubo.

Con Claudia no sabíamos qué hacer, si arrancar o contenernos, si gritar o socorrerlos. No hubo espacio para más dudas, cuando de improviso vimos llegar los trenes que con puntualidad cumplían su horario. Sabía que ya era tarde para los caídos, y abracé a Claudia para que no viera lo que sería la tragedia nacional del año. Presencié una mutilación sin precedentes, un atropello sin escrúpulos y un desmembramiento general de todo quien intentó salvarse, volcándose en un desesperado intento al andén. Incluyo en el atropello a ambos caninos, donde el mayor provocó que uno de los trenes finalmente se descarrilara, causando la muerte instantánea de unos cuantos desafortunados más. Dejé de escuchar los gritos, el llanto y la emergencia cuando nos vi vistiendo la sangre de quienes habían corrido la peor de las suertes.

Claudia se separó lentamente de mí, y mientras me miraba fijamente a los ojos, una taquicardia impetuosa me invadió de súbito. Me sentí desvanecer, y me lamentaba no poder seguir mirándola un segundo más. Me lamentaba no poder seguir ahí para protegerla, y darle otro abrazo. Me lamenté una vez más al despertar, y al descubrir que otro sueño me había mantenido atado a la cama por cuarta noche consecutiva. Me lamenté una vez más al descubrir que llegaría tarde al primer viernes lectivo del semestre. Me lamenté una vez más, al saber que el día de hoy se trataría de sólo un viernes casual más.

Hasta una próxima lectura.


noviembre 06, 2011

Viernes Casual (Parte I)

Comenzaba el primer viernes lectivo del semestre, y por más que me había propuesto llegar a la hora, un extraño sueño me ató a la cama por más tiempo del presupuestado. Ya era la cuarta vez esta semana. Fue un despertar apresurado, con una ducha sin jabón y un desayuno que todavía adeudo. La misma ropa del jueves, el bolso al hombro y la maratónica marcha al paradero no le atribuían al día galardones de particular. Había llegado tarde una vez más a la universidad, y para empeorar la situación, había dejado en casa el blanco delantal, requisito básico para entrar al laboratorio químico de trabajos prácticos.

Corría rápidamente por las escaleras pensando en una excusa que justificara los treinta y siete minutos de atraso que le restaban formalidad a mi interés por los estudios, cuando sentí que alguien –al parecer más apurado que yo- me empujó con una fuerza que hasta entonces no había experimentado, haciéndome perder el equilibrio y causando que me  desplomara  en el piso. Levanté la mirada, y tras ver que esta persona había desaparecido sin dejar rastro, confirmé que mi día no podía haber comenzado de una peor manera.

Adolorido todavía por la caída y el golpe, entré al laboratorio y me dispuse a buscar al profesor de turno, para que tras largos minutos de incómoda súplica y excusas baratas me facilitara un delantal para poder comenzar a trabajar. Cuando llegué al mesón que me habían asignado -el único que a esa hora tenía espacio disponible- una compañera que hasta entonces en mis años de universidad no había visto, me esperaba en silencio. Su mirada hacía presumir que tenía algo que decirme, pero entre mis dudas y las buenas costumbres que me invitaban a saludarla, no pude hacer más que mirarla perplejo. No la vi venir hasta que noté que la tenía encima, abrazándome, mientras me daba una y otra vez las disculpas del caso.

-       ¿De qué estás hablando? – Pregunté confuso.
-       ¡Te pasé a llevar hace un rato, en la escalera! – Me explicó. ¡Discúlpame, es que venía demasiado atrasada y me carga llegar tarde! Por cierto, me llamo Claudia.

La excusa de Claudia me parecía tan válida como la mentira que le había inventado al profesor minutos antes, pero aparenté comprenderla y darle mi mejor sonrisa para cambiar el mal rumbo que desde temprano mi día había adoptado. Después de todo, seríamos compañeros en el trabajo de laboratorio, y además tenía ese je ne sais quoi que la hacía diferente del común de las muchachas. Tal vez eran sus ojos, tal vez era su sonrisa. Pudo también ser otra cosa, no lo sé. Lo que tenía por seguro, es que lo tenía.

Sin entrar en detalles, confieso que nuestro desempeño en el trabajo fue deplorable. Fue así tanto por mis constantes fallas en las mediciones -que de analíticas tenían poco- como por su torpeza y falta de solidez en sus movimientos. Un error del ocho coma siete por ciento y dos matraces rotos daban cuenta de aquello, mas pareció no importarnos mucho. No creo que el motivo haya sido la falta de sentido común, criterio o responsabilidad. Simplemente habíamos disfrutado del trabajo, y las risas compartidas nos permitieron alegrarnos, en lugar de criticarnos mutuamente los constantes errores. Cansados, nos prometimos el uno al otro trabajar con mayor agudeza la próxima vez, y repuntar con resultados exactos.

Se nos había hecho tarde, y una vez colgadas las batas emprendimos camino a nuestros hogares. Con el único fin de no separarnos de inmediato, le propuse a Claudia que tomáramos el metro tren en lugar del bus que cada uno de nosotros acostumbraba, a lo cual ella aceptó gustosa. Los veinte minutos caminados hasta la estación nos permitieron conocernos un poco más, y conversar incluso de las irracionalidades que a ambos nos llamaban la atención. Recuerdo que ella manifestó su deseo de vivir una experiencia fuera de lo normal, algo que escapara de toda lógica. Me pregunto si sabía lo que estaba a punto de suceder.

Una vez en la estación (…)

Continuará.

octubre 31, 2011

Secreto

Por detrás de tu puerta me asomo, e imagino que no querrías que me acercara un paso más si supieras lo que me dispongo a hacer. No lo haría si no fuese necesario para ponerle fin a esta congoja que día a día se impone, estremeciéndome de punta a punta. Tengo muchas cosas que decirte, aunque siéndote sincero, no tengo ni siquiera una pista de por dónde podría ser conveniente empezar. Podría hacerlo pidiéndote disculpas por haberte mentido durante todo este tiempo, excusándome en las malas experiencias de infancia que mi padre dejó grabadas en mi memoria. Podría, tal vez, comenzar suavizando un poco el ambiente con el trillado -pero tradicional- “tu madre y yo te queremos mucho, ¿lo sabes, no?”. Me daré aquí, tras este refugio de madera, unos minutos más para pensarlo.

Tal vez sea una buena idea el acercarme lentamente, y coger poco a poco a Suri, tu peluche favorito, y primer regalo de tu novio. Sólo yo sabré, claro, que lo he tomado como rehén para captar tu atención. Cuando la tenga, sostendré firmemente tus pequeñas manos con las mías, y te pediré, en primera instancia, que me dediques unos pocos minutos. Te pediré más tarde que tengas un poco de paciencia, y le des al tiempo la posibilidad de darme la razón. Te pediré también que no me digas que soy malo, porque me duele. Que no me digas que no te quiero, porque si tu madre es mi vida, tú eres mi alma, y ustedes dos amalgaman en cuotas perfectas mis más grandes logros y anhelos. Te pediré que me entiendas.

Te diré que si bien mentirte estuvo mal, probablemente el haberte dicho de buenas a primeras la cruda verdad hubiese sido peor. Que no planeo, por cierto, justificarme en poderes paternales absolutos -aquellos que carecen de argumentos lógicos- como mis padres tantas veces lo hicieron conmigo. Que no creo en las terapias, ni en los consejos profesionales para enfrentar esta situación. Te diré que si no te lo había dicho antes, fue porque tuve miedo. Miedo de tu reacción, y de que la relación que tenemos actualmente cambie. De niña siempre fuiste tan buena, e incluso hoy, a tus diecinueve años lo sigues siendo. Sé que no es tu obligación disculparme, pero tenía miedo de que todo dejara de ser lo que es.

Te prometeré que desde el día de hoy, entre nosotros no habrá siquiera una mentira más, y juraré que lo que siento por ti no cambiará sólo porque te enteres de esto. Por cierto, nada me haría más feliz que me prometieras que me seguirás queriendo, como lo has hecho hasta el día de hoy.

Entender que no soy tu padre no será fácil, y probablemente te atacaran las dudas y las interrogantes. Si me gritas, te entenderé. Si me golpeas, resistiré. Si lloras, lloraré contigo, y te repetiré que te quiero como si lo fueses, hasta que ambos caigamos dormidos, vencidos por el sueño y la magia de Morfeo.

Por detrás de tu puerta me asomo, y prefiero pensar que este no es el mejor día para decirte semejante barbaridad. Sé bien que estás en tu derecho de enterarte, y te juro que lucho día a día contra mí mismo para que lo hagas. El problema es que pierdo a diario, vencido por el temor y la autosugestión. Mañana será otro día, y tendré otra oportunidad para confesarte lo que para mí es el más grande de mis secretos. Mañana será otro día,  y tendré tiempo para preparar mejor lo que te diré. Mañana será otro día, tal como han sido los días durante los últimos años, aunque el problema siga siendo precisamente ese. Mañana será sólo otro día más.

Hasta una próxima lectura.


octubre 19, 2011

Amor de Campo (Parte II)

(…) Fue así, hasta que un día finalmente se dejó caer por el fundo. Llegó en un coche nuevo, de evidente manufactura europea, y desplegando su elegancia característica. Estaba mucho más alta, y se notaba que había cuidado de gran manera sus finos rasgos y contextura de bella dama. Tenía el mismo cabello sedoso con el que soñaba todas las noches, desde aquel inolvidable encuentro junto al río. Me encontraba a no más de dos segundos de correr hacia ella, cuando del coche baja un caballero, que por lo pronto, la toma del brazo y mirando la casa, sonríe.

-          Así que esta es la casa que nos han dejado tus padres -exclamó con evidente petulancia-

Caminaron tomados del brazo, y en perfecta sincronía en dirección a la entrada principal. Cuando Elisa advirtió mi presencia, me miró a los ojos y sin las cursilerías típicas del caso, sonrió, mientras que para su acompañante yo parecía no ser más que un mueble. Viva la incertidumbre recurrí al chofer, quien me explicaría que Don Leonardo y la señora Beatriz habían fallecido hace no más de unos pocos meses víctimas de una persecución política, y que el pelafustán que acompañaba a mi amada, no era menos que su esposo, un empresario de renombre internacional. Para el lamento colectivo, nuevo dueño de aquellas tierras.

El enterarme de aquella manera de la muerte de la señora Beatriz fue devastador. Era la patrona, es cierto, pero también fue quien se preocupó de mi educación, cuidados y alimentación. Todo esto exclusivamente gracias a la buena relación que durante años mantuvo con mi padre, y por supuesto lo más importante, me había presentado, y permitido conocer a Elisa. El hecho de no haber podido despedirme de ella, y que además su hija apareciera -después de tantos años- como señora de un hogar propio, me molestaba de sobremanera. Indignado por cuanto podía estar, me retiré en silencio. Bueno, más bien lo intenté, ya que sólo unos pocos pasos alcancé a dar cuando sentí que alguien me jalaba del brazo. Era Elisa.

Absorto en sus ojos café cobrizo y con evidente angustia en los míos, enmudecí, mas a ella no pareció importarle en lo más mínimo. En ese momento me entregó un cheque por una cantidad importante de dinero, mientras me explicaba que su esposo -que en aquel momento estaba fascinado alabando su tremenda y nueva adquisición- había sido escogido exclusivamente por su padre antes de partir, y que él mismo le había prohibido regresar a esas tierras ya que -al parecer- se habría enterado de lo nuestro. Me contó entonces que, por si fuera poco, aquel pergüétano planeaba vender el terreno que correspondía a las siembras, y comprar con las ganancias un banco. Era claro que ese dinero sería el sustento con el cual debería vivir una vez que haya perdido mi trabajo de toda la vida.

No quería creerlo, pero en menos de tres minutos todo lo que conocía -y cómo lo conocía- había dado un vuelco diametral, que traía como consecuencia la pérdida de un idilio de ensueño, mi empleo, y del de todos mis compañeros. Sentí que el mundo se reía de mí en mi cara, y que todas las culpas del caso apuntaban al niño rico que me había quitado lo que tanto esperé. Fue en ese entonces cuando sin mayor meditación, y en un arrebato falto de conciencia, fui en busca del arma de fuego. El resto ya es historia.

Su señoría, yo no soy un hombre malo, se lo juro. Sólo me dejé llevar por mis instintos, y entiendo lo mal que actué. Sin embargo, quiero aclarar que hice lo que mis condiciones me permitían para ajustar cuentas con quien abriría a destajo y con alevosía las heridas que me ha dejado el pasado sin sanar. En fin, es por todo lo anterior, señor juez, que me declaro culpable de los cargos que se me imputan. Obré mal, estimulado por los celos, el miedo y el rencor, mas no podía aceptar que a quien quise y esperé tanto, me fuese arrebatada por una billetera acaudalada y un buen apellido, y que además me dejara a mí, tanto como a mis compañeros, pateando piedras fuera del fundo que nos vio crecer y donde nos hemos desenvuelto de la única manera que sabemos hacerlo.

Aceptaré los cargos, porque aunque me tengan detenido en este antro de perdición y soledad, seguiré siendo un alma libre como la he sido hasta ahora. Pasaré un buen tiempo tras las rejas, pero con la tranquilidad de saber que mis compañeros conservarán sus empleos, y que mi amada Elisa me esperará, tal como yo la esperé a ella. Después de todo, el verdadero amor siempre espera.

Hasta una próxima lectura.

octubre 17, 2011

Amor de Campo (Parte I)

Trabajo la tierra desde que tengo uso de razón, y lo digo con orgullo. Fue mi padre quien me enseñó a hacerlo, y a él el suyo cuando los coches eran privilegio de pocos. A viva voz declaro que este trabajo me ha significado un sacrificio continuo durante toda mi vida, y que constantemente me he visto involucrado en la realización de grandes proyectos agrícolas. Como mano de obra, es cierto, pero involucrado después de todo. En más de una ocasión me he preguntado si acaso a eso vine a este mundo, si este es efectivamente el destino que desde un inicio estuvo escrito para mí. ¿Soy sólo un enviado agrario más, condenado como tantos al trabajo duro? Aunque la respuesta fuese , no podría negar que este camino –que por voluntad no escogí- me ha traído por sobre todo grandes e inolvidables alegrías.

Cuando tenía once años, el dueño de las tierras que trabajaba era Don Leonardo, quien las había heredado de su padre, un magnate español como hubo tantos. De niño siempre se me fue dicho que a Don Leonardo había que tratarlo como la máxima autoridad, y merecía todos los respetos y honores que le pudiéramos otorgar, al igual que todos los integrantes de su familia. Entre ellos destacaba la señora Beatriz, su hermosa esposa. Ella siempre fue amable con mi padre, y por supuesto conmigo, lo que me hacía respetarla no más por  obligación, que por lealtad. Durante un verano, su hija Elisa le habría manifestado su sensación de soledad, e intención de tener  amigos con quien jugar en el fundo de su padre, razón suficiente para que la señora Beatriz me comprara ropajes nuevos y elegantes, y decidiera que -ya que teníamos la misma edad- nos dispusiéramos a pasar un buen rato juntos. Después de todo, los trabajos a los que me sometían a diario no eran de gran exigencia física, y sería sólo durante el verano, ya que Elisa volvería a la capital una vez terminada la temporada.

En nuestro primer encuentro, se nos dijo a Elisa y a mí expresamente lo importante que era que Don Leonardo jamás se enterara de lo que estábamos haciendo, porque nuestras clases sociales hacían fama de no ser compatibles bajo ninguna circunstancia, y sería un escándalo mayúsculo que la hija del patrón fuera vista como amiga del hijo de uno de sus obreros. Juramos guardar el secreto, y le agradecimos a la señora Beatriz la posibilidad de disfrutar las tardes con alguien con la misma cantidad de primaveras en el cuerpo.

Sucedió de igual forma al año siguiente, y se repitió este nuevo formato de verano durante los dos años que le sucedieron. Para nosotros ya se trataba de la nueva costumbre, y en más de una ocasión nos dijimos cuánto ansiábamos que llegara el próximo verano, durante esos crudos días de invierno. Nos llevábamos tan bien, que hasta comencé a pensar que podríamos gustarnos.

El día que yo cumplí quince años coincidió con la visita de rigor de Elisa al campo donde laburaba, pero en aquella oportunidad el encuentro fue diferente. Después del novelero y esperado abrazo de primer día de verano, me propuso que nos encontráramos a orillas del río cuando cayera la tarde, para hacerme entrega de un regalo especial. Pretendía aprovechar que sus padres se encontrarían festejando la victoria de su candidato en las elecciones presidenciales, lo que reduciría el riesgo del fortuito encuentro. No lo pensé demasiado, me aseé cuanto pude, y con mis mejoras ropas emprendí el viaje.

El río estaba a no más de treinta minutos de marcha lenta, y advertí al llegar a él una pequeña carpa armada, con velas encendidas a su alrededor. Salió de ella Elisa, que a sus prontos quince años poseía un cuerpo exuberante, una sonrisa picarona y una mirada de aquellas que te dejan sin habla.

-          Feliz cumpleaños -me dijo mientras se deshacía de su bata de seda, su único ropaje-

Al dejar en evidencia sus traviesas intenciones, me prometí a mí mismo comportarme a la altura que requería el caso, y sin entrar en ruborosos detalles, confieso que aquella noche ambos nos dejamos llevar por nuestros anhelos, deleites y hormonas. Fue una noche simplemente espectacular, a la que dimos término acampando en el mismo sitio, a orillas del río que había visto consumarse nuestro amor.

Aquellos fogosos encuentros perpetuaron durante su estadía de aquel verano, aunque bien recuerdo que cada vez se nos hacía más difícil escondernos de nuestras respectivas familias. La señora Beatriz, de hecho, le preguntó en una oportunidad a Elisa si nos seguíamos viendo, situación que ella negó en lo inmediato. Por suerte y perspicacia seguíamos pasando desapercibidos. Hubiese sido el verano perfecto, salvo por el súbito y  trágico deceso que significó la muerte de mi padre, producto de una infección renal cuyo tratamiento llegó tarde.

Una vez más llegó el último día del verano, y con Elisa prometimos seguir amándonos cuanto pudiésemos, antes de que ella volviera a respirar aire capitalino. Desde su partida trabajé la tierra con más ánimo, tanto por la ansiedad de volver a verla, como por honor a las lecciones de mi padre. Fue un año de mucho trabajo, esfuerzos y largas esperas, y nada habría de cambiar hasta mi cumpleaños número dieciséis, con su aparición. Llegó el día, y  la esperé afuera de su casa, mas sólo tras el primer mes transcurrido comprendí que no aparecería. La justifiqué con compromisos particulares, pero la situación se repitió al año siguiente, y a los tres que le sucedieron. No entendía qué había pasado, pero aunque habían pasado ya varios años,  yo la seguía esperando con los mismos afanes y apetencia que el primer día que dictaminó su ausencia.

Fue así, hasta que un día finalmente se dejó caer por el fundo (…)

Continuará.

octubre 12, 2011

Compromiso

Por fin estaba en casa, después de otro arduo día de trabajo. Saludé a mi señora como era costumbre, y subí las escaleras lentamente, con el firme y único propósito de arrancarme el uniforme, vestimentas que me dotan de un poderío singular. Me sentía particularmente cansado, lo que se condecía con las horas extras que hacía ya unos cuantos meses venía realizando en la industria. Al parecer Recursos Humanos no era tan hábil al momento de contratar personal, hecho que repercutía directamente en mis horas de sueño y provecho familiar. Sólo alcancé a sacarme la corbata cuando escuché la voz de mi hijo en el comedor, invitándome efusivamente a compartir con él. No lo dude un momento, y me dispuse a bajar las escaleras de manera presurosa. Recuerdo haber sentido un dolor punzante en el pecho, una angina opresiva que detuvo mi respiración por unos segundos. Desde ese momento entendí que debía tomarme la vida con más calma, y me prometí a mí mismo dejar de lado el compromiso adquirido con mis jefes, para no volver a postergar la cita que desde hacía buen tiempo tenía pendiente con el médico.

Cuando llegué abajo sentí mareos que me preocuparon un poco, y mientras cerraba los ojos, pedí a viva voz algún medicamento que los aliviara. No hubo respuesta alguna, lo que me hizo gritarlo más fuerte. Una vez más vivía un silencio sepulcral, hecho que me motivó a ir a buscarlas yo mismo. Camino al anaquel que yace bajo el lavabo -lugar donde guardamos el botiquín- advertí que mi hijo no estaba en el comedor, y que mi señora había dejado la cocina. Los mareos pudieron más, y fui en busca de la milagrosa cápsula sin mayores interrogantes.

-         Podría jurar que cuando llegué, la mesa estaba ordenada para cenar -pensé mientras miraba fijamente una mesa vacía, que ni siquiera era la que había comprado años atrás, ocupando su lugar en el comedor-

En ese instante recordé que la gorda -adjetivo que cariñosamente comparto con mi señora- me había dicho que tenía planes de comprar una mesa nueva. Curioso que no me haya comentado que ya lo había hecho, y más extraño todavía fue que no me hubiese dado cuenta apenas arribé. Supongo que el trabajo me ha vuelto un tanto distraído.

Me apresté a buscar a Daniel, mi más grande orgullo. Siempre ha sido el primero de su clase, e irradia una alegría de envidia, razones suficientes para felicitarlo día a día. El problema fue que aquella intención se vio mermada por el simple hecho de no poder encontrarlo. No entendía cómo esto era posible, si hace no más de tres minutos había escuchado su voz. ¡Sí, estoy muy seguro que era su voz!

Me instalé en mi sillón favorito, y esperé. Esperé durante largas horas a que mi familia entrara por la puerta principal y me aclarara qué estaba sucediendo, o si eran acaso estos mareos -o tal vez el medicamento- lo que me hacía no entender los hechos que me circundaban. Imagino que habrán pasado unas dos o tres horas, aunque la verdad no recuerdo haber utilizado aquel tiempo pensando en algo. Fue extraño, pero mi mente se mantuvo en blanco mientras mis ojos fijaban su atención en la manilla de la puerta.

Cuando la puerta finalmente se abrió, vislumbré algo que no hubiese deseado. Mi señora en largas ropas negras lloraba una fotografía mía, mientras que Daniel -también en oscuros ropajes- intentaba contenerla, con evidente congoja. Me puse de pie de súbito, e intenté correr hacia ellos, mas mi sorpresa fue mayor cuando noté que mis piernas se habían convertido en grandes entes inmóviles. Me sentí clavado al suelo, y mis más grandes esfuerzos pertenecían al mundo de lo inútil. Les grité desesperado, mientras un sentimiento de ingobernabilidad recorría mi cuerpo enajenado. Comencé a llorar mientras sentía mis fuerzas agotarse lentamente. Todo había sido en vano, no escucharon una sola palabra.
  
-         Mamá, tienes que dejarlo ir -decía Daniel absorto en el agobio-. ¡Al papá no le hubiese gustado verte así! Además ya pasaron un par de años… es momento de que sigamos con nuestras vidas.

En aquel instante observé el más reconfortante de los abrazos, mientras ella se secaba las lágrimas con el pañuelo que le había regalado para nuestro último aniversario, para más tarde disponerse a subir las escaleras, y desaparecer entre las sombras. Lo intenté una vez más, pero de mi boca no salió sonido alguno.

Estaba pasmado, y de improviso sentí un frío abisal invadiendo mi cuerpo férreo. No lograba entender si acaso todo se trataba de un montaje, una ilusión o un mal sueño. No lograba entender en qué momento había dejado de formar parte de la realidad que durante cuarenta y cuatro años me cobijó. No lograba entender que había sucedido en la escalera, horas antes. Fue entonces cuando sentí una vez más el dolor punzante y opresivo, esta vez quemándome desde mi pecho hacia los alrededores. Me sentí desvanecer, y dejé el cuerpo con el que me identifiqué durante largos años.

Al día de hoy me pregunto dónde estuve mientras no era de aquí, ni de allá. Incluso he llegado a pensar que me encontraba cumpliendo las horas extras prometidas. Después de todo, un compromiso es un compromiso.

Hasta una próxima lectura


octubre 08, 2011

Recuerdo

Caía la tarde, y no nos habíamos movido ni un centímetro de aquella cuna que albergaba nuestros cuerpos nerviosos. La seguía mirando fijamente a los ojos, y ella, inquieta como hasta ese entonces no la había visto, desviaba su tímida mirada en cualquier otra dirección. Nos encontrábamos rodeados de desconocidos que con apuro tramitaban sus vidas, hecho casi imperceptible para nuestros sentidos embriagados de brío. Nunca antes me había encontrado en una situación de tan suculento sentir, sin embargo sabía que aquel era el momento que había estado esperando de buen tiempo a esa parte. Sabía que aquel era el momento de vivir.

Un café había sido la excusa para encontrarnos, y ya consumido no había pretexto válido que nos obligara a disfrutar de la mutua compañía, salvo por aquella extraña sensación compartida que invadía nuestro interior como una llama que irrumpe en todo lo sano e inflamable. Jóvenes, sí, inmaduros, tal vez, pero bien sabíamos que lo que sentía el uno por el otro era real. Insólitamente real.

Ella sabía a ciencia cierta a qué estaba a punto de enfrentarse, y aunque sus labios tímidos me invitaban a jugar con ellos, sus palabras reflejaron un mundo diferente.

-          No estoy segura. No nos conocemos lo suficiente, y sabes bien por lo que he pasado -me dijo con una risa nerviosa, y aludiendo a su última relación fallida-.

Durante mi infancia -y gracias a las telenovelas- siempre pensé que cualquier palabra fuera de lugar podría arruinar un momento como este, despertando sus ganas de postergar el inicio de lo que sería nuestro idilio. Siendo protagonista de la versión contemporánea, advierto que el puro hecho de decir palabra alguna podría hacerlo, y opté por callar. Estaba seguro de que mis ojos le estaban diciendo todo lo que ella necesitaba saber.

Con pequeñas pausas y cierta vacilación puse mi mano en la suya, y me acerqué lentamente a esos labios que tanto prometían. Temí -como tantos hacen- que desviara su rostro dejándome en ascuas, pero si bien titubeó un poco, un par de segundos bastaron para que cerrara sus ojos y se dejase convencer, cayendo en lo que sería una experiencia de infinita, sincera y mutua felicidad. Había confirmado la existencia de Dios.

No existen palabras para describir lo que sentí. Todas quedarían en deuda, y ninguna reflejaría de manera fidedigna aquella magna sensación. Estaba embobado, pero consciente. Dichoso, pero intranquilo. Satisfecho, pero temeroso. Hubiese dado lo que mi vida fue hasta ese entonces para prolongar aquel momento, aunque bien sé que todo comienzo, tarde o temprano tiene su fin.

Nos separamos lentamente, y seguíamos sin escuchar el presuroso caminar de las personas a nuestro alrededor. Vivíamos nuestra burbuja, y nada ni nadie podía sacarnos de ahí. Nos miramos una vez más, en completo silencio. Esta vez no desvió su mirada, y noté que sus labios entreabiertos me proponían una segunda vuelta. La tomé.

Al día de hoy, cuarenta y ocho veranos más tarde, recuerdo aquel momento como si no hubiesen pasado más que un par de horas. Tal no podría ser mi precisión si no fuera porque me acompañan a diario los mismos besos que descubrí esa tarde. Tan sólo ha quedado atrás aquella lozanía digna y propia de toda juventud, pero lo entiendo y lo acepto como proceso normal dentro de lo que nosotros conocemos como vida. Entiendo y acepto que lo malo de lo bueno, es que dura muy poco.

Hasta una próxima lectura.


octubre 02, 2011

Justa Distribución

De mano en mano, y es que no hay quien no lo necesite. Es lamentable denotar que cuando escasea, la calidad de vida de aquellos desafortunados se vea tan perjudicada, y es a su vez molesto -e irrisorio- que quienes más tienen, lo sigan acumulando sin darle un fin noble o filantrópico. Todo es un negocio, y para el lamento colectivo, formamos parte de una sociedad que así lo permite. Es un negocio generarlo, y otro igual lograr que se encuentre a salvo.

Habrá quienes en un solo día recolecten cantidades ridículamente grandes, tanto así que prolongándolo en el tiempo, además de darle un provecho súper a su diario vivir, le asegurarán la vida -y de las mejores- a sus futuras generaciones. Más que “grandes inversiones aisladas”, en el común diario éste llega por inercia. Porque está todo dado para que así sea, y tan sólo se necesitará un par de firmas para que se acelere el flujo. No es que esté mal estar bien, sino que no está del todo bien no ayudar a quienes están mal, y es ahí donde chocan tantos.

No olvidemos el otro extremo, que día a día labura donde las papas queman, y se lo ganan con sudor y lágrimas. Hay quienes lo acumulan en verdaderos fardos, con nada más que una cinta elástica. Corren día a día el riesgo de que se les sea sustraído por manos perspicaces, mas -en general- se someten a aquel peligro porque no tienen los medios para que aquella opción tome otro rumbo. Ni hablar de quienes no pueden siquiera formar aquel fardo. A ratos me molesta que la vida no tenga que ser justa, y me molesta más que esto sea tan evidente.

No faltarán quienes lo obtienen de manera ilícita, como la mencionada anteriormente. Esto es caer bajo, y más bajo que abajo. Ya sea con transferencias millonarias, y apretones de manos de camisa y corbata, o puñales a punto de yugular, el hecho es igualmente reprochable. Suele asignarse la responsabilidad de la fechoría a la necesidad, mas la verdadera transgresión la cometen aquellos gobernantes poco útiles e imprudentes, cuya posibilidad de generar una distribución más justa de las riquezas nacionales se ve mermada por aires de ambición y cicatería. Se protegen entre ellos, y forman aquella nube negra que hoy conocemos como desigualdad social.

Si a esta abismante separación entre dos mundos, le sumamos que tanto la salud, como la educación, las viviendas y las oportunidades de calidad se inclinan hacia el lado de los acaudalados, obtendremos como diagnóstico la normal que impera el día de hoy en nuestro país. La verdadera interrogante radica en cómo generar el cambio, porque pareciera ser obvio que no nos encontramos en el mejor de los escenarios.

Comparto mis palabras con el fin de hacer pública mi molestia contra el sistema que hoy nos domina, y lo invito a usted, lector, a generar un cambio en cada pequeño espacio local que frecuente. Lo invito, porque es justo y necesario.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 27, 2011

Primera Impresión

Es gorda. Frunce demasiado el ceño, se ve fome. Se ríe poco, está despeinada. No hay caso.

La maté, lo sé. Hablo de cualquier persona, no armemos polémica. En este caso particular se trata de una mujer, pero podría ser cualquiera de nosotros. Sucede que las primeras impresiones son así de importantes, querámoslo o no. No es que tengamos que voltear todos nuestros esfuerzos en mejorar nuestra apariencia para caer bien de buenas a primeras, ni que adoremos el credo de la superficialidad, pero no podemos negar tampoco que es la primera puerta que debemos cruzar para entrar en la vida de cualquier persona, y precisamente por eso es importante. Porque nos pueden cerrar aquella puerta en la cara incluso por cómo nos vestimos.

Casi a diario y de manera ininterrumpida “conocemos” gente nueva, ¿pero acaso llegamos realmente a saber con quiénes tratamos? Imagino que pocos podrían refutar la idea de que lo fundamental para poder afirmar que conocemos a alguien, es efectivamente hacerlo en profundidad, averiguar cómo son “por dentro”, entiéndase sus gustos e intereses, sus anhelos, sus sueños, sus conflictos y sus pasiones. Debemos conocer sus virtudes y sus defectos, mas no debemos dejar de apreciar que aquella noble misión sólo se puede concretar si existe el tiempo y la disposición bilateral para hacerlo. Tiempo que escasea en los encuentros fortuitos -como son las noches de jarana y locura inducida- y disposición menguada si nuestra apariencia no despierta interés en alguien más que nosotros mismos.

Equilibrio. Aquella palabra la encontraremos casi siempre que se nos presente una interrogante con vertientes diametralmente opuestas, y pareciera no ser esta la excepción. Ninguna mujer sensata y en sus cabales nos exigirá un cuerpo digno de modelar Calvin Klein’s, ni nosotros, hombres cautos y juiciosos pediremos matrices de Vogue. No se trata tampoco de conformarnos, ni agarrar al vuelo tan sólo lo que puedan nuestros dedos. Apunto a que somos -en general- capaces de ver más allá, y amalgamar en justa medida lo físico y lo abstracto. Después de todo, son pocos los que para el 18 no comieron empanadas.

Me pregunto entonces, ¿dónde fijo la cantidad de fachada que busco, y cómo la mezclo con los atributos internos que espero? Si me excedo en la primera caeré en la insustancialidad, y si lo hago en la segunda no faltará quien me pregunte, curioso, si acaso algo anda mal conmigo. Existirá, supongo, un ‘rango’ de lo personalmente aceptable, dejando abierta y viva la incertidumbre de sus límites. Destaco que es esta aleación la que transmitimos cuando por primera vez nos saludamos, y que debemos cuidar si no tenemos los ánimos ni la fuerza para romper el cerrojo de aquella puerta de entrada a la vida de quien nos interese.

Desde mi experiencia particular comparto. Ya han sido varias personas las que, más temprano que tarde, me han confesado que de buenas a primeras no fui de sus agrados (en un contexto donde las influencias del alcohol quedan fuera, claro está). Y con varias no quiero decir dos, tres o incluso cuatro. Esto deja en evidencia que la primera impresión que suelo plasmar en la gente no es de agrado popular, y las razones que he escuchado redundan en el egocentrismo, y en los tonos autoritarios. ¿Será que necesito más que una primera impresión para que adviertan que son sólo bromas que suelo hacer, y que más tarde podrían terminar compartiéndolas conmigo? Podría suceder también que lisa y llanamente caigo mal, no lo sé, pero eso es materia de cuestionamiento personal, y mentiría si escribiera que jamás me he propuesto mejorar aquella primera impresión que otorgo.

Me declaro acérrimo creyente de que todos deberíamos poner de nuestra parte para lograr transformar nuestra primera impresión en algo agradable, independiente del ambiente en el que nos desenvolvamos. Después de todo, habitamos un colectivo ineludible, y no me parece razonable amargarnos el día a día tan sólo porque existen quienes detestan a las masas, y les importa un bledo y medio lo que los demás piensen de ellos. En palabras optimistas, siempre podremos mejorar aquellos rasgos que despiertan aquel sabor amargo tras nuestros saludos, y veremos todos que no es algo necesariamente difícil de hacer. Esto de vivir en sociedad tiene sus reglas, pero es lo que hay.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 23, 2011

Descuidada Amistad

Me levanto temprano, pero sin apuros. Me ducho sólo por costumbre, es parte de la rutina diaria. Después de todo, a nadie le importaría que fuese desaseado a trabajar, y si llegase a suceder, entonces sería a mí a quien no le importaría. Hace años descuidé mi imagen, y no tengo ningún interés en remendarla. Subí de peso considerablemente, todo por culpa del alcohol y los pasteles. No malgasto mi dinero en artículos de cuidado, o aseo personal. Eso es para los siúticos. El mío lo ahorro, para mi próximo problema de salud. Café, huevos y tocino. El desayuno que acostumbro disfrutar antes de irme a la oficina. Por suerte no tengo que saludar a nadie durante el trayecto, y converso en el trabajo solamente sobre temas directamente relacionados con la pega. No miro la hora. No tengo compromisos con nadie, ni trámites en lista de espera. Sé que es hora de irme cuando se pone el sol tras la ventana, y agradezco que después de cuatro años consecutivos, esta vez no me hayan invitado al cumpleaños de Manuel, contador de la empresa y amigo de todos. Bueno, de casi todos. Llego a mi departamento sin afanes de  enterarme de las desgracias nacionales a través de las noticias, y me acuesto sin esperar el día de mañana. No tengo apuros, llegará tarde o temprano.

¿Por qué habría de cuidar mi apariencia? Este mundo está podrido, es demasiado superficial. ¿Qué cuide mi salud? ¿Para qué? Después de todo voy a morir en algún momento. ¿Preocuparme por no tener novia? Tengo un trabajo estable, y con buena remuneración. Compro lo que quiero, y no me dejo dominar por los calendarios, ni las normas de una mujer. Además se gastaría todo mi dinero, eso es seguro. De hijos, ni hablar.

Tengo una vida tranquila, aunque siendo sincero, noto que algo le falta. No estoy seguro de lo que es, pero sé bien con qué se relaciona. Me hubiese gustado tener un hombro sobre el cual llorar cuando fallecieron mis padres, en lugar de haberlo lamentado solo en mi sillón, sin contarle a nadie y aguantando las lágrimas. Quizá hubiese sido agradable haber celebrado mi ascenso a la gerencia comercial de la empresa con alguien, en lugar de haber pasado aquella tarde y noche pensando en lo abultada que se volvería mi billetera a partir de ese día. Tal vez sería agradable compartir las tardes con un compañero -o un amigo que le llaman- tomándonos un café y discutiendo nuestras hazañas amorosas, no lo sé. Nunca he tenido el valor de invitar a alguien a vivir algo siquiera parecido. Me han invitado, sí, pero desconfío de las intenciones de quienes lo han hecho. ¿Me invitarán porque quieren algo de mí? ¿Querrán sacarme información? Tal vez quieren robarme, o algo incluso peor. Tal vez quieren borrarme del mapa. Ante la duda, me abstengo y opto por mentir. La excusa siempre es la misma. Planes impostergables, y que no se molesten en insistir. El vació sigue ahí, pero sigo trabajando. Soy un convencido de que para eso vine a este mundo.

La verdad, no siempre sentí aquella carencia. Alguna vez tuve un amigo, o eso creí. Su nombre era Víctor. Era alto y torpe, pero me daba la impresión de que era un hombre sincero. Éramos adolescentes en ese entonces, y recuerdo que conversábamos mucho. Incluso iba a su casa a jugar con sus videojuegos, y nos pasábamos muy buenos ratos junto a otros amigos suyos. Un día simplemente dejamos de vernos. Rememorando, reparo que coincidió con mi ingreso a la Universidad, y durante los primeros dos años me excusé de verlo, siempre bajo compromisos académicos. Después dejó de llamar, y seguí con mi vida. Noté que algo andaba mal cuando recibí mi título profesional. Advertí que mis compañeros habían invitado a sus familiares y amigos a la ceremonia, y yo no tenía a nadie.


Siempre he sido un hombre tímido. Me cuesta relacionarme con otras personas, y cuando me dan en bandeja la oportunidad de hacerlo, declino. ¡Es que no confío en los humanos! Sé bien cuánta maldad hay en el mundo, y no quiero exponerme a ser una víctima más de un sufrimiento que puedo evitar. Sólo una persona en mi vida se mostró preocupada cuando me alejé de todo círculo social, y ya es tarde para recuperarla. Será que no soy bueno disculpándome…

Este vacío hiela mi alma a diario. Mi única diversión es -y sólo de manera esporádica- el televisor, donde por suerte no tengo que agregar contactos para que funcione, algo tan típico de las redes sociales actuales. Estoy harto de suprimir mis pasiones por no tener con quién compartirlas. Estoy harto de la rutina, de la mierda de vida que construí con mis propias manos. Estoy harto de no tener amigos, y no hacer nada para cambiarlo. Estoy harto de vivir en sociedad, sin ser parte de ella.

Esta no es mi historia, pero podría haberlo sido si no los hubiese conocido. Con mucho cariño, para todos mis amigos.

Hasta una próxima lectura.