febrero 12, 2012

Motor de Arranque

Abro las persianas y confirmo que ha amanecido un nuevo día. Radiante entra la luz del sol a la habitación que acostumbro, mientras ilumina mi rostro de falso profeta. Acabo de despertar de mi tercer sueño de la semana, y el tema vuelve a ser el mismo. Con él, con ella o quien sea he vuelto a buscar la felicidad en el más interno de mis mundos. No necesito más que un techo al que mirar fijamente para reflexionar una vez más sobre las palabras vacías y los pensamientos cotidianos que suelen invadirme.

Qué puedo decir, la insustancialidad del mundo me conmueve. De buen tiempo a esta parte he notado cómo a un número importante de personas se les va la vida en aquel vano intento de alcanzar la felicidad -aquella perseguida por todos- a través de la materia, los ascensos con bonos y los descuentos, que por cierto no hacen más que ayudar a olvidar que ésta realmente se encuentra en el abrazo fraterno, en una que otra mirada y en las conversaciones de risa y sonrisa.

No hace falta lucir los Carrera en los ojos para trabajar por tu familia. No hace falta disfrazar de Gucci tu vestido para hacer reír a tus amigos, ni hace falta llamar Cartier a tu bisutería para amar y ser amada. No hace falta que dejes de ser tú, sino todo lo contrario. Tu felicidad como una variable sólo depende de tu voluntad, tu realidad y tu sonrisa más sincera.

El mundo se ha abierto de piernas y los jóvenes lo sabemos. Los gustos musicales se han transformado en modas, el internet es el periódico oficial del globo -con insertos de ocio y contenido pornográfico-, y las relaciones de pareja hoy se desechan con cotidianeidad. Este último punto marca precedentes, pues si bien hay quienes han abandonado la búsqueda de la estabilidad -derrotados por la lúgubre nimiedad de los programas de farándula y las tribus urbanas- existimos todavía quienes depositamos en ella fe, trabajo y esfuerzo. Qué cursilería barata profeso, aquella que no quiere escapar de los tiempos de antaño.

Qué más da, si me alegra creerme capaz de seguir en pie de lucha, y tener la oportunidad de demostrarle una vez más al mundo -aquel mundo que importa- que todavía hay quienes estamos dispuestos a pelear por lo que nos interesa. Qué más da, si lo importante no es vivir, sino saber hacerlo. Qué más da, si a la larga nuestro propósito en esta vida no debe ser otro sino el de encontrar nuestro propio motor de arranque, aquel que nos hará despertar el resto de nuestros días con una sonrisa en el rostro.

Hasta una próxima lectura.