Cien palabras y una idea. Los requisitos no son más que esos, y en
consecuencia la oficina de correos virtuales se llueve de potenciales
ganadores. Sucede que los bolsillos de la capital añoran sus tiempos de
solvencia, y presionan al intelecto colectivo a desarrollar un concepto que
ventile anhelos, sueños e intereses propios, dejando en el olvido el verdadero
sentido de la confesión. Marta, Aníbal y Diego son claros ejemplos de quienes
escriben sobre su vida privada para concursar, a ver si les salta la liebre y con eso se ganan unos
pesos.
Rubén no es la excepción, y noche a noche reinventa episodios que
no terminan de convencerlo. Esta historia no sería particularmente triste, sino
fuera porque lo viene intentando desde que aprendió a escribir. Rubén no tiene
amores ni amigos, ni anécdotas en las cuales basar sus creaciones. Su
imaginación fluye, y lo invita a darle un espacio a la creatividad para
manifestar la posibilidad de que absolutamente todo sea posible. ¿El problema?
No es capaz de transmitir lo que siente como desearía hacerlo, y entre intento
e intento vuelve a quedar solo, sin más que su pluma y unas cuantas superficies
en blanco.
La ciudad se enajena, las ganas de participar en el proceso se
hacen colectivas, las musas se hacen presentes y la imaginación se pone de pie.
Lástima que Rubén, entre tinta y borradores, no consiga consolidar nada más que
un sueño, dos deudas y sus lágrimas.
Hasta una próxima lectura.
