enero 22, 2012

Blah, Blah, Blah

Este cabro tiene el don de la palabra. Así de simple. ¡Las hace todas!

Pocos serán los que podrán decir que no tienen idea de qué se trata el enunciado anterior, y es que para casi todos nosotros es común escuchar que alguien “tiene el don de la palabra”, pero me pregunto perplejo, ¿sabemos realmente a qué se refiere aquella frase?

Para los entendidos en el tema, una palabra es cada uno de los segmentos limitados por pausas o espacios en la cadena hablada o escrita, que puede aparecer en otras posiciones, y que está dotado de una función. En la práctica, para el cabro que la usa es mucho más que eso. Es su mejor arma, su mayor defensa y su más destacada estrategia. Tanto así, que vale la pena adentrarnos en el interrogante que nos invita a cuestionarnos por qué tiene ese efecto, si tan sólo son letras creando un sentido.

Los efectos que tienen las palabras en cada uno de nosotros los hemos vivido por experiencia propia, y sólo a modo de resumen pretendo reducirlos a simples ejemplos. ¿A quién una sola palabra no lo ha dejado pensando durante días? La palabra vende, la palabra atrae, la palabra seduce. Seduce incluso a sabiendas que aquellas palabras pueden no ser más que mentiras. Es común también que las palabras lastimen, duelan en lo profundo. Por lo anterior, es claro que podrán alegrarnos de sobremanera y llenarnos de júbilo, como tantas podrán deprimirnos en la eventualidad.

La palabra que no se dijo también es importante, siempre y cuando no deje de evidenciarse en la kinesis. Los ojos hablan con palabras propias que sólo otros ojos pueden entender, mientras una sonrisa puede decir más que el más extenso de los discursos. El mundo de lo paraverbal se acopla por su parte a la intención de las palabras, a la búsqueda misma del fin perseguido. Es este conjunto de factores quien condiciona el éxito tras la conversación, y determina si el cabro la hace, o no.

Nos sostenemos en las promesas, que no son más que palabras unidas a la voluntad de cumplirlas. Una acción puede decir mucho, pero en lo concreto, ¿cuánto dice una palabra? Sabremos todos que la unión palabra-voluntad no siempre es tan fuerte como desearíamos, y es ahí cuando éstas quedan reducidas a flotar en el ingrávido espacio de lo inconcluso. ¡Qué tontos somos por creer en las palabras!

El mundo en el cual nos desenvolvemos día a día -donde existen los  hombres exitosos, acaudalados y llenos de mujeres atractivas- nos invita a soñar. Nos invita a buscar la utopía, y ser con ella todo lo que siempre quisimos ser. Nos invita a conversar, a decir las palabras de alguien más y convertirnos en los más exitosos charlatanes. Sucede que incluso sin quererlo, de tanto decir y poco actuar podremos estar dañando a quienes más queremos. Sucede que la palabra crea mundos fantásticos, y está en cada uno de nosotros la decisión de aferrarnos a ellos. Sucede que de las palabras podemos esperar mucho, pero después de todo nunca serán más que eso, palabras, sólo palabras.
                                                                  
                                                                         Hasta una próxima lectura.


enero 02, 2012

Condenada Pasión

La luz tenue marca una vez más el paso. Dos pequeñas velas disfrazan de romántica la noche, mientas intentan difuminar la humedad del aire que nosotros mismos causamos durante las últimas horas. Estamos cansados, y por fin nos rendimos al colchón sin ganas ni energías para continuar. No sé tus apellidos y poco me han importado hasta ahora. Valoro más que afuera las calles se hayan olvidado incluso de ellas mismas, y que por la ventana se divisen unas cuantas nubes grises, todavía a horas de amanecer.

Enamorarme no me ha traído más alegrías que tristes desenlaces, razón por la cual de buen tiempo a esta parte profeso el amor ocasional. Hablo de aquel amor que viste de traje lábil, se vale de manos curiosas y se alimenta con sudor del compartido. Aquel amor que bien divierte, y jamás decepciona. Aquel amor de miradas furtivas, un guiño y buen perfume. Aquel amor al que nadie debería acostumbrarse, por ser el escape fácil y el miedo a establecerse en el colectivo social del que formamos parte. Hablo de la verdad más mentirosa que conocemos.

Qué trillado es hablar de amor cuando no se ama. Cierro los ojos, respiro la sal que exudan tus pechos nerviosos, y hablo de amor por no saber amar. No es tarea fácil cuando de desamores se puede decir tanto, mas el intento marca precedentes. Tu compañía en ropas de Eva me trae recuerdos de otros días, de otros tiempos. Tiempos de estabilidad y regocijo, de abundancia y júbilo. Si de aquello hoy queda nada, en ti encuentro vestigios de lo que fue.

Bien recuerdo nuestro primer encuentro. Anhelaba que llegara mi turno, mientras esperaba del brazo de alguien más. Tú con él, yo con quién sabe. Los deseos de hacerte mía se hacían cada vez mayores, incluso sin saber de qué ibas por esta vida. Preciosa con tus tacos de aguja, te descubrí mujer tras un vestido de púrpuras flores, y temí por mi vida al advertir que podía ahogarme en la fluidez de tus ojos de exquisito ámbar. Te mordías los labios mientras pensabas qué tan mal hacías al besarme. Tal vez fue la culpa, tal vez la inseguridad, pero algo en ti daba luces que si no te hacían dudar de mis intenciones, al menos te hacían dudar de tus convicciones. No te preocupes, ahora sabemos que no hiciste más que bien, pues las glorias conseguidas se almacenan en el rincón de los trofeos de guerra, aquel rincón tan condicionado por los ánimos y el aspecto. Ahora sabemos que sucedió lo que desde un comienzo estaba escrito.

Lo nuestro de Love Story tiene poco, aunque en este mismo momento engañemos a la costumbre con mi camisa en el sofá, tu vestido por el suelo y unos tragos sin beber. Desde tiempos remotos esta pudo ser la intención de ambos, y en el caso contrario sabrás explicarme tú qué espera quien se deja el corazón en el norte, y vive del dejo de un latido.

Aires majestuosos a nuestra relación le quedan grandes. Diversión por un lado, intriga y adrenalina por el otro, condimentos que no necesariamente se traducirán en reconocimientos clásicos de los tiempos modernos. Quererlos es una cosa, necesitarlos otra. Depender de la estabilidad que puedas proporcionarme, tan sólo aumenta el desquicio y la algarabía mental con la que lucho, y pierdo a diario. No te lamentes, no pueden más tus errores que los míos.

Cuando las nubes grises de hace un rato comienzan a llorar la posibilidad de que se mantenga el estado de inercia, y el amor ocasional siga siendo mi norma y vida, me lamento que nuestros caminos no tracen más que líneas transversales, que de común tienen poco. No quiero pensar que es cierto, pero supongo que a veces no queda más que asumir que probablemente, yo sea el Romeo de otra Julieta.

Hasta una próxima lectura.