noviembre 06, 2011

Viernes Casual (Parte I)

Comenzaba el primer viernes lectivo del semestre, y por más que me había propuesto llegar a la hora, un extraño sueño me ató a la cama por más tiempo del presupuestado. Ya era la cuarta vez esta semana. Fue un despertar apresurado, con una ducha sin jabón y un desayuno que todavía adeudo. La misma ropa del jueves, el bolso al hombro y la maratónica marcha al paradero no le atribuían al día galardones de particular. Había llegado tarde una vez más a la universidad, y para empeorar la situación, había dejado en casa el blanco delantal, requisito básico para entrar al laboratorio químico de trabajos prácticos.

Corría rápidamente por las escaleras pensando en una excusa que justificara los treinta y siete minutos de atraso que le restaban formalidad a mi interés por los estudios, cuando sentí que alguien –al parecer más apurado que yo- me empujó con una fuerza que hasta entonces no había experimentado, haciéndome perder el equilibrio y causando que me  desplomara  en el piso. Levanté la mirada, y tras ver que esta persona había desaparecido sin dejar rastro, confirmé que mi día no podía haber comenzado de una peor manera.

Adolorido todavía por la caída y el golpe, entré al laboratorio y me dispuse a buscar al profesor de turno, para que tras largos minutos de incómoda súplica y excusas baratas me facilitara un delantal para poder comenzar a trabajar. Cuando llegué al mesón que me habían asignado -el único que a esa hora tenía espacio disponible- una compañera que hasta entonces en mis años de universidad no había visto, me esperaba en silencio. Su mirada hacía presumir que tenía algo que decirme, pero entre mis dudas y las buenas costumbres que me invitaban a saludarla, no pude hacer más que mirarla perplejo. No la vi venir hasta que noté que la tenía encima, abrazándome, mientras me daba una y otra vez las disculpas del caso.

-       ¿De qué estás hablando? – Pregunté confuso.
-       ¡Te pasé a llevar hace un rato, en la escalera! – Me explicó. ¡Discúlpame, es que venía demasiado atrasada y me carga llegar tarde! Por cierto, me llamo Claudia.

La excusa de Claudia me parecía tan válida como la mentira que le había inventado al profesor minutos antes, pero aparenté comprenderla y darle mi mejor sonrisa para cambiar el mal rumbo que desde temprano mi día había adoptado. Después de todo, seríamos compañeros en el trabajo de laboratorio, y además tenía ese je ne sais quoi que la hacía diferente del común de las muchachas. Tal vez eran sus ojos, tal vez era su sonrisa. Pudo también ser otra cosa, no lo sé. Lo que tenía por seguro, es que lo tenía.

Sin entrar en detalles, confieso que nuestro desempeño en el trabajo fue deplorable. Fue así tanto por mis constantes fallas en las mediciones -que de analíticas tenían poco- como por su torpeza y falta de solidez en sus movimientos. Un error del ocho coma siete por ciento y dos matraces rotos daban cuenta de aquello, mas pareció no importarnos mucho. No creo que el motivo haya sido la falta de sentido común, criterio o responsabilidad. Simplemente habíamos disfrutado del trabajo, y las risas compartidas nos permitieron alegrarnos, en lugar de criticarnos mutuamente los constantes errores. Cansados, nos prometimos el uno al otro trabajar con mayor agudeza la próxima vez, y repuntar con resultados exactos.

Se nos había hecho tarde, y una vez colgadas las batas emprendimos camino a nuestros hogares. Con el único fin de no separarnos de inmediato, le propuse a Claudia que tomáramos el metro tren en lugar del bus que cada uno de nosotros acostumbraba, a lo cual ella aceptó gustosa. Los veinte minutos caminados hasta la estación nos permitieron conocernos un poco más, y conversar incluso de las irracionalidades que a ambos nos llamaban la atención. Recuerdo que ella manifestó su deseo de vivir una experiencia fuera de lo normal, algo que escapara de toda lógica. Me pregunto si sabía lo que estaba a punto de suceder.

Una vez en la estación (…)

Continuará.

No hay comentarios:

Publicar un comentario