noviembre 08, 2011

Viernes Casual (Parte II)

(…) Una vez en la estación, y bajando por las escaleras mientras compartíamos las mismas risas de aquella mañana, advertí que la cantidad de gente ahí era inusualmente alta, llegando a ser notoriamente incómodo. No cabía un alma más entre los cuerpos que con dificultad se yuxtaponían, la mayoría de ellos sucios, malolientes y cansados. Miramos en ese momento a nuestro alrededor, y notamos que los codazos y los empujones eran más frecuentes que las conversaciones entre quienes con apuro tramitaban sus vidas. Codazos y empujones de los cuales nosotros también fuimos víctimas y agresores. Fue en ese entonces cuando la escuché gritar.

-          ¡Mira! – Exclamó mientras señalaba a un pequeño animal que a la distancia parecía ser un perro -guardaba cierto parecido con un Golden Retriever- que aullaba desconsolado del otro lado del andén.

Perplejo, noté que el pequeño de unas siete semanas –pensé, como si se hubiese tratado de un perro- retrocedía en dirección a los rieles del tren que pronto llegaría. El andén estaba atestado de gente, mas nadie se preocupó de salvaguardar la integridad del pequeño y supuesto canino. Con evidente angustia en nuestras miradas fuimos testigos de cómo cayó a la línea del tren, y junto a unos pocos espectadores que también habían advertido la pronta tragedia, nos preparamos para lo peor.

Claudia se disponía a buscar a algún encargado de seguridad para dar aviso de la caída del pequeño animal, cuando frente a todos, y por sobre toda lógica y racionalidad, vimos salir del oscuro túnel a otro de ellos, esta vez mucho más grande. Inexplicablemente grande. Debió medir unos cuatro metros de alto estando sentado, y conformaba en todas sus dimensiones a un cuadrúpedo singular, de descomunal tamaño y musculatura de envidia. Jamás se había visto a un canino de tales características, era un verdadero monstruo, que en un intento desesperado se precipitó sobre el cachorro, como si quisiera protegerlo de las miradas morbosas que anhelaban el sangriento desenlace. Comenzó a ladrar con evidente molestia, dejando entrever sus afilados y amarillos colmillos, lo que generó en todos los espectadores un alboroto colectivo. La histeria, los gritos, el miedo y la desesperación se apoderaron de ambos andenes, y en un intento global por escapar de la estación, los empujones se hicieron más y más frecuentes. Sumado a lo anterior, los estruendos que generaban los coletazos del animal al chocar incesantes contra los extremos de los andenes, y el tiritón que esto generaba en el piso que la mayoría compartía, causaron que fueran varias las personas que sufrieron la misma suerte que el inocente cachorro, cayendo entonces a los rieles del tren. Toda esta situación ya era muy extraña, y se ponía cada vez peor.

Claudia -al igual que todos los presentes- no lo podía creer, y se aferraba a mi brazo con la misma fuerza con la que me había empujado esa mañana. Me lo sentía estrangular, mientras asombrados seguíamos viendo gente caer entre ambos andenes. Los gritos eran ensordecedores, y la exasperación colectiva. De momento que el cuadrúpedo gigante se levantó, y comenzó a caminar en dirección a quienes habían caído a los rieles, se dio la orden de cortar la corriente para suspender la llegada del próximo tren. No sé qué habrá sucedido, porque más que la simple orden, no hubo.

Con Claudia no sabíamos qué hacer, si arrancar o contenernos, si gritar o socorrerlos. No hubo espacio para más dudas, cuando de improviso vimos llegar los trenes que con puntualidad cumplían su horario. Sabía que ya era tarde para los caídos, y abracé a Claudia para que no viera lo que sería la tragedia nacional del año. Presencié una mutilación sin precedentes, un atropello sin escrúpulos y un desmembramiento general de todo quien intentó salvarse, volcándose en un desesperado intento al andén. Incluyo en el atropello a ambos caninos, donde el mayor provocó que uno de los trenes finalmente se descarrilara, causando la muerte instantánea de unos cuantos desafortunados más. Dejé de escuchar los gritos, el llanto y la emergencia cuando nos vi vistiendo la sangre de quienes habían corrido la peor de las suertes.

Claudia se separó lentamente de mí, y mientras me miraba fijamente a los ojos, una taquicardia impetuosa me invadió de súbito. Me sentí desvanecer, y me lamentaba no poder seguir mirándola un segundo más. Me lamentaba no poder seguir ahí para protegerla, y darle otro abrazo. Me lamenté una vez más al despertar, y al descubrir que otro sueño me había mantenido atado a la cama por cuarta noche consecutiva. Me lamenté una vez más al descubrir que llegaría tarde al primer viernes lectivo del semestre. Me lamenté una vez más, al saber que el día de hoy se trataría de sólo un viernes casual más.

Hasta una próxima lectura.


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