De mano en mano, y es que no hay quien no lo necesite. Es lamentable denotar que cuando escasea, la calidad de vida de aquellos desafortunados se vea tan perjudicada, y es a su vez molesto -e irrisorio- que quienes más tienen, lo sigan acumulando sin darle un fin noble o filantrópico. Todo es un negocio, y para el lamento colectivo, formamos parte de una sociedad que así lo permite. Es un negocio generarlo, y otro igual lograr que se encuentre a salvo.
Habrá quienes en un solo día recolecten cantidades ridículamente grandes, tanto así que prolongándolo en el tiempo, además de darle un provecho súper a su diario vivir, le asegurarán la vida -y de las mejores- a sus futuras generaciones. Más que “grandes inversiones aisladas”, en el común diario éste llega por inercia. Porque está todo dado para que así sea, y tan sólo se necesitará un par de firmas para que se acelere el flujo. No es que esté mal estar bien, sino que no está del todo bien no ayudar a quienes están mal, y es ahí donde chocan tantos.
No olvidemos el otro extremo, que día a día labura donde las papas queman, y se lo ganan con sudor y lágrimas. Hay quienes lo acumulan en verdaderos fardos, con nada más que una cinta elástica. Corren día a día el riesgo de que se les sea sustraído por manos perspicaces, mas -en general- se someten a aquel peligro porque no tienen los medios para que aquella opción tome otro rumbo. Ni hablar de quienes no pueden siquiera formar aquel fardo. A ratos me molesta que la vida no tenga que ser justa, y me molesta más que esto sea tan evidente.
No faltarán quienes lo obtienen de manera ilícita, como la mencionada anteriormente. Esto es caer bajo, y más bajo que abajo. Ya sea con transferencias millonarias, y apretones de manos de camisa y corbata, o puñales a punto de yugular, el hecho es igualmente reprochable. Suele asignarse la responsabilidad de la fechoría a la necesidad, mas la verdadera transgresión la cometen aquellos gobernantes poco útiles e imprudentes, cuya posibilidad de generar una distribución más justa de las riquezas nacionales se ve mermada por aires de ambición y cicatería. Se protegen entre ellos, y forman aquella nube negra que hoy conocemos como desigualdad social.
Si a esta abismante separación entre dos mundos, le sumamos que tanto la salud, como la educación, las viviendas y las oportunidades de calidad se inclinan hacia el lado de los acaudalados, obtendremos como diagnóstico la normal que impera el día de hoy en nuestro país. La verdadera interrogante radica en cómo generar el cambio, porque pareciera ser obvio que no nos encontramos en el mejor de los escenarios.
Comparto mis palabras con el fin de hacer pública mi molestia contra el sistema que hoy nos domina, y lo invito a usted, lector, a generar un cambio en cada pequeño espacio local que frecuente. Lo invito, porque es justo y necesario.
Hasta una próxima lectura.

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