Por detrás de tu puerta me asomo, e imagino que no querrías que me acercara un paso más si supieras lo que me dispongo a hacer. No lo haría si no fuese necesario para ponerle fin a esta congoja que día a día se impone, estremeciéndome de punta a punta. Tengo muchas cosas que decirte, aunque siéndote sincero, no tengo ni siquiera una pista de por dónde podría ser conveniente empezar. Podría hacerlo pidiéndote disculpas por haberte mentido durante todo este tiempo, excusándome en las malas experiencias de infancia que mi padre dejó grabadas en mi memoria. Podría, tal vez, comenzar suavizando un poco el ambiente con el trillado -pero tradicional- “tu madre y yo te queremos mucho, ¿lo sabes, no?”. Me daré aquí, tras este refugio de madera, unos minutos más para pensarlo.
Tal vez sea una buena idea el acercarme lentamente, y coger poco a poco a Suri, tu peluche favorito, y primer regalo de tu novio. Sólo yo sabré, claro, que lo he tomado como rehén para captar tu atención. Cuando la tenga, sostendré firmemente tus pequeñas manos con las mías, y te pediré, en primera instancia, que me dediques unos pocos minutos. Te pediré más tarde que tengas un poco de paciencia, y le des al tiempo la posibilidad de darme la razón. Te pediré también que no me digas que soy malo, porque me duele. Que no me digas que no te quiero, porque si tu madre es mi vida, tú eres mi alma, y ustedes dos amalgaman en cuotas perfectas mis más grandes logros y anhelos. Te pediré que me entiendas.
Te diré que si bien mentirte estuvo mal, probablemente el haberte dicho de buenas a primeras la cruda verdad hubiese sido peor. Que no planeo, por cierto, justificarme en poderes paternales absolutos -aquellos que carecen de argumentos lógicos- como mis padres tantas veces lo hicieron conmigo. Que no creo en las terapias, ni en los consejos profesionales para enfrentar esta situación. Te diré que si no te lo había dicho antes, fue porque tuve miedo. Miedo de tu reacción, y de que la relación que tenemos actualmente cambie. De niña siempre fuiste tan buena, e incluso hoy, a tus diecinueve años lo sigues siendo. Sé que no es tu obligación disculparme, pero tenía miedo de que todo dejara de ser lo que es.
Te prometeré que desde el día de hoy, entre nosotros no habrá siquiera una mentira más, y juraré que lo que siento por ti no cambiará sólo porque te enteres de esto. Por cierto, nada me haría más feliz que me prometieras que me seguirás queriendo, como lo has hecho hasta el día de hoy.
Entender que no soy tu padre no será fácil, y probablemente te atacaran las dudas y las interrogantes. Si me gritas, te entenderé. Si me golpeas, resistiré. Si lloras, lloraré contigo, y te repetiré que te quiero como si lo fueses, hasta que ambos caigamos dormidos, vencidos por el sueño y la magia de Morfeo.
Por detrás de tu puerta me asomo, y prefiero pensar que este no es el mejor día para decirte semejante barbaridad. Sé bien que estás en tu derecho de enterarte, y te juro que lucho día a día contra mí mismo para que lo hagas. El problema es que pierdo a diario, vencido por el temor y la autosugestión. Mañana será otro día, y tendré otra oportunidad para confesarte lo que para mí es el más grande de mis secretos. Mañana será otro día, y tendré tiempo para preparar mejor lo que te diré. Mañana será otro día, tal como han sido los días durante los últimos años, aunque el problema siga siendo precisamente ese. Mañana será sólo otro día más.
Hasta una próxima lectura.



