octubre 31, 2011

Secreto

Por detrás de tu puerta me asomo, e imagino que no querrías que me acercara un paso más si supieras lo que me dispongo a hacer. No lo haría si no fuese necesario para ponerle fin a esta congoja que día a día se impone, estremeciéndome de punta a punta. Tengo muchas cosas que decirte, aunque siéndote sincero, no tengo ni siquiera una pista de por dónde podría ser conveniente empezar. Podría hacerlo pidiéndote disculpas por haberte mentido durante todo este tiempo, excusándome en las malas experiencias de infancia que mi padre dejó grabadas en mi memoria. Podría, tal vez, comenzar suavizando un poco el ambiente con el trillado -pero tradicional- “tu madre y yo te queremos mucho, ¿lo sabes, no?”. Me daré aquí, tras este refugio de madera, unos minutos más para pensarlo.

Tal vez sea una buena idea el acercarme lentamente, y coger poco a poco a Suri, tu peluche favorito, y primer regalo de tu novio. Sólo yo sabré, claro, que lo he tomado como rehén para captar tu atención. Cuando la tenga, sostendré firmemente tus pequeñas manos con las mías, y te pediré, en primera instancia, que me dediques unos pocos minutos. Te pediré más tarde que tengas un poco de paciencia, y le des al tiempo la posibilidad de darme la razón. Te pediré también que no me digas que soy malo, porque me duele. Que no me digas que no te quiero, porque si tu madre es mi vida, tú eres mi alma, y ustedes dos amalgaman en cuotas perfectas mis más grandes logros y anhelos. Te pediré que me entiendas.

Te diré que si bien mentirte estuvo mal, probablemente el haberte dicho de buenas a primeras la cruda verdad hubiese sido peor. Que no planeo, por cierto, justificarme en poderes paternales absolutos -aquellos que carecen de argumentos lógicos- como mis padres tantas veces lo hicieron conmigo. Que no creo en las terapias, ni en los consejos profesionales para enfrentar esta situación. Te diré que si no te lo había dicho antes, fue porque tuve miedo. Miedo de tu reacción, y de que la relación que tenemos actualmente cambie. De niña siempre fuiste tan buena, e incluso hoy, a tus diecinueve años lo sigues siendo. Sé que no es tu obligación disculparme, pero tenía miedo de que todo dejara de ser lo que es.

Te prometeré que desde el día de hoy, entre nosotros no habrá siquiera una mentira más, y juraré que lo que siento por ti no cambiará sólo porque te enteres de esto. Por cierto, nada me haría más feliz que me prometieras que me seguirás queriendo, como lo has hecho hasta el día de hoy.

Entender que no soy tu padre no será fácil, y probablemente te atacaran las dudas y las interrogantes. Si me gritas, te entenderé. Si me golpeas, resistiré. Si lloras, lloraré contigo, y te repetiré que te quiero como si lo fueses, hasta que ambos caigamos dormidos, vencidos por el sueño y la magia de Morfeo.

Por detrás de tu puerta me asomo, y prefiero pensar que este no es el mejor día para decirte semejante barbaridad. Sé bien que estás en tu derecho de enterarte, y te juro que lucho día a día contra mí mismo para que lo hagas. El problema es que pierdo a diario, vencido por el temor y la autosugestión. Mañana será otro día, y tendré otra oportunidad para confesarte lo que para mí es el más grande de mis secretos. Mañana será otro día,  y tendré tiempo para preparar mejor lo que te diré. Mañana será otro día, tal como han sido los días durante los últimos años, aunque el problema siga siendo precisamente ese. Mañana será sólo otro día más.

Hasta una próxima lectura.


octubre 19, 2011

Amor de Campo (Parte II)

(…) Fue así, hasta que un día finalmente se dejó caer por el fundo. Llegó en un coche nuevo, de evidente manufactura europea, y desplegando su elegancia característica. Estaba mucho más alta, y se notaba que había cuidado de gran manera sus finos rasgos y contextura de bella dama. Tenía el mismo cabello sedoso con el que soñaba todas las noches, desde aquel inolvidable encuentro junto al río. Me encontraba a no más de dos segundos de correr hacia ella, cuando del coche baja un caballero, que por lo pronto, la toma del brazo y mirando la casa, sonríe.

-          Así que esta es la casa que nos han dejado tus padres -exclamó con evidente petulancia-

Caminaron tomados del brazo, y en perfecta sincronía en dirección a la entrada principal. Cuando Elisa advirtió mi presencia, me miró a los ojos y sin las cursilerías típicas del caso, sonrió, mientras que para su acompañante yo parecía no ser más que un mueble. Viva la incertidumbre recurrí al chofer, quien me explicaría que Don Leonardo y la señora Beatriz habían fallecido hace no más de unos pocos meses víctimas de una persecución política, y que el pelafustán que acompañaba a mi amada, no era menos que su esposo, un empresario de renombre internacional. Para el lamento colectivo, nuevo dueño de aquellas tierras.

El enterarme de aquella manera de la muerte de la señora Beatriz fue devastador. Era la patrona, es cierto, pero también fue quien se preocupó de mi educación, cuidados y alimentación. Todo esto exclusivamente gracias a la buena relación que durante años mantuvo con mi padre, y por supuesto lo más importante, me había presentado, y permitido conocer a Elisa. El hecho de no haber podido despedirme de ella, y que además su hija apareciera -después de tantos años- como señora de un hogar propio, me molestaba de sobremanera. Indignado por cuanto podía estar, me retiré en silencio. Bueno, más bien lo intenté, ya que sólo unos pocos pasos alcancé a dar cuando sentí que alguien me jalaba del brazo. Era Elisa.

Absorto en sus ojos café cobrizo y con evidente angustia en los míos, enmudecí, mas a ella no pareció importarle en lo más mínimo. En ese momento me entregó un cheque por una cantidad importante de dinero, mientras me explicaba que su esposo -que en aquel momento estaba fascinado alabando su tremenda y nueva adquisición- había sido escogido exclusivamente por su padre antes de partir, y que él mismo le había prohibido regresar a esas tierras ya que -al parecer- se habría enterado de lo nuestro. Me contó entonces que, por si fuera poco, aquel pergüétano planeaba vender el terreno que correspondía a las siembras, y comprar con las ganancias un banco. Era claro que ese dinero sería el sustento con el cual debería vivir una vez que haya perdido mi trabajo de toda la vida.

No quería creerlo, pero en menos de tres minutos todo lo que conocía -y cómo lo conocía- había dado un vuelco diametral, que traía como consecuencia la pérdida de un idilio de ensueño, mi empleo, y del de todos mis compañeros. Sentí que el mundo se reía de mí en mi cara, y que todas las culpas del caso apuntaban al niño rico que me había quitado lo que tanto esperé. Fue en ese entonces cuando sin mayor meditación, y en un arrebato falto de conciencia, fui en busca del arma de fuego. El resto ya es historia.

Su señoría, yo no soy un hombre malo, se lo juro. Sólo me dejé llevar por mis instintos, y entiendo lo mal que actué. Sin embargo, quiero aclarar que hice lo que mis condiciones me permitían para ajustar cuentas con quien abriría a destajo y con alevosía las heridas que me ha dejado el pasado sin sanar. En fin, es por todo lo anterior, señor juez, que me declaro culpable de los cargos que se me imputan. Obré mal, estimulado por los celos, el miedo y el rencor, mas no podía aceptar que a quien quise y esperé tanto, me fuese arrebatada por una billetera acaudalada y un buen apellido, y que además me dejara a mí, tanto como a mis compañeros, pateando piedras fuera del fundo que nos vio crecer y donde nos hemos desenvuelto de la única manera que sabemos hacerlo.

Aceptaré los cargos, porque aunque me tengan detenido en este antro de perdición y soledad, seguiré siendo un alma libre como la he sido hasta ahora. Pasaré un buen tiempo tras las rejas, pero con la tranquilidad de saber que mis compañeros conservarán sus empleos, y que mi amada Elisa me esperará, tal como yo la esperé a ella. Después de todo, el verdadero amor siempre espera.

Hasta una próxima lectura.

octubre 17, 2011

Amor de Campo (Parte I)

Trabajo la tierra desde que tengo uso de razón, y lo digo con orgullo. Fue mi padre quien me enseñó a hacerlo, y a él el suyo cuando los coches eran privilegio de pocos. A viva voz declaro que este trabajo me ha significado un sacrificio continuo durante toda mi vida, y que constantemente me he visto involucrado en la realización de grandes proyectos agrícolas. Como mano de obra, es cierto, pero involucrado después de todo. En más de una ocasión me he preguntado si acaso a eso vine a este mundo, si este es efectivamente el destino que desde un inicio estuvo escrito para mí. ¿Soy sólo un enviado agrario más, condenado como tantos al trabajo duro? Aunque la respuesta fuese , no podría negar que este camino –que por voluntad no escogí- me ha traído por sobre todo grandes e inolvidables alegrías.

Cuando tenía once años, el dueño de las tierras que trabajaba era Don Leonardo, quien las había heredado de su padre, un magnate español como hubo tantos. De niño siempre se me fue dicho que a Don Leonardo había que tratarlo como la máxima autoridad, y merecía todos los respetos y honores que le pudiéramos otorgar, al igual que todos los integrantes de su familia. Entre ellos destacaba la señora Beatriz, su hermosa esposa. Ella siempre fue amable con mi padre, y por supuesto conmigo, lo que me hacía respetarla no más por  obligación, que por lealtad. Durante un verano, su hija Elisa le habría manifestado su sensación de soledad, e intención de tener  amigos con quien jugar en el fundo de su padre, razón suficiente para que la señora Beatriz me comprara ropajes nuevos y elegantes, y decidiera que -ya que teníamos la misma edad- nos dispusiéramos a pasar un buen rato juntos. Después de todo, los trabajos a los que me sometían a diario no eran de gran exigencia física, y sería sólo durante el verano, ya que Elisa volvería a la capital una vez terminada la temporada.

En nuestro primer encuentro, se nos dijo a Elisa y a mí expresamente lo importante que era que Don Leonardo jamás se enterara de lo que estábamos haciendo, porque nuestras clases sociales hacían fama de no ser compatibles bajo ninguna circunstancia, y sería un escándalo mayúsculo que la hija del patrón fuera vista como amiga del hijo de uno de sus obreros. Juramos guardar el secreto, y le agradecimos a la señora Beatriz la posibilidad de disfrutar las tardes con alguien con la misma cantidad de primaveras en el cuerpo.

Sucedió de igual forma al año siguiente, y se repitió este nuevo formato de verano durante los dos años que le sucedieron. Para nosotros ya se trataba de la nueva costumbre, y en más de una ocasión nos dijimos cuánto ansiábamos que llegara el próximo verano, durante esos crudos días de invierno. Nos llevábamos tan bien, que hasta comencé a pensar que podríamos gustarnos.

El día que yo cumplí quince años coincidió con la visita de rigor de Elisa al campo donde laburaba, pero en aquella oportunidad el encuentro fue diferente. Después del novelero y esperado abrazo de primer día de verano, me propuso que nos encontráramos a orillas del río cuando cayera la tarde, para hacerme entrega de un regalo especial. Pretendía aprovechar que sus padres se encontrarían festejando la victoria de su candidato en las elecciones presidenciales, lo que reduciría el riesgo del fortuito encuentro. No lo pensé demasiado, me aseé cuanto pude, y con mis mejoras ropas emprendí el viaje.

El río estaba a no más de treinta minutos de marcha lenta, y advertí al llegar a él una pequeña carpa armada, con velas encendidas a su alrededor. Salió de ella Elisa, que a sus prontos quince años poseía un cuerpo exuberante, una sonrisa picarona y una mirada de aquellas que te dejan sin habla.

-          Feliz cumpleaños -me dijo mientras se deshacía de su bata de seda, su único ropaje-

Al dejar en evidencia sus traviesas intenciones, me prometí a mí mismo comportarme a la altura que requería el caso, y sin entrar en ruborosos detalles, confieso que aquella noche ambos nos dejamos llevar por nuestros anhelos, deleites y hormonas. Fue una noche simplemente espectacular, a la que dimos término acampando en el mismo sitio, a orillas del río que había visto consumarse nuestro amor.

Aquellos fogosos encuentros perpetuaron durante su estadía de aquel verano, aunque bien recuerdo que cada vez se nos hacía más difícil escondernos de nuestras respectivas familias. La señora Beatriz, de hecho, le preguntó en una oportunidad a Elisa si nos seguíamos viendo, situación que ella negó en lo inmediato. Por suerte y perspicacia seguíamos pasando desapercibidos. Hubiese sido el verano perfecto, salvo por el súbito y  trágico deceso que significó la muerte de mi padre, producto de una infección renal cuyo tratamiento llegó tarde.

Una vez más llegó el último día del verano, y con Elisa prometimos seguir amándonos cuanto pudiésemos, antes de que ella volviera a respirar aire capitalino. Desde su partida trabajé la tierra con más ánimo, tanto por la ansiedad de volver a verla, como por honor a las lecciones de mi padre. Fue un año de mucho trabajo, esfuerzos y largas esperas, y nada habría de cambiar hasta mi cumpleaños número dieciséis, con su aparición. Llegó el día, y  la esperé afuera de su casa, mas sólo tras el primer mes transcurrido comprendí que no aparecería. La justifiqué con compromisos particulares, pero la situación se repitió al año siguiente, y a los tres que le sucedieron. No entendía qué había pasado, pero aunque habían pasado ya varios años,  yo la seguía esperando con los mismos afanes y apetencia que el primer día que dictaminó su ausencia.

Fue así, hasta que un día finalmente se dejó caer por el fundo (…)

Continuará.

octubre 12, 2011

Compromiso

Por fin estaba en casa, después de otro arduo día de trabajo. Saludé a mi señora como era costumbre, y subí las escaleras lentamente, con el firme y único propósito de arrancarme el uniforme, vestimentas que me dotan de un poderío singular. Me sentía particularmente cansado, lo que se condecía con las horas extras que hacía ya unos cuantos meses venía realizando en la industria. Al parecer Recursos Humanos no era tan hábil al momento de contratar personal, hecho que repercutía directamente en mis horas de sueño y provecho familiar. Sólo alcancé a sacarme la corbata cuando escuché la voz de mi hijo en el comedor, invitándome efusivamente a compartir con él. No lo dude un momento, y me dispuse a bajar las escaleras de manera presurosa. Recuerdo haber sentido un dolor punzante en el pecho, una angina opresiva que detuvo mi respiración por unos segundos. Desde ese momento entendí que debía tomarme la vida con más calma, y me prometí a mí mismo dejar de lado el compromiso adquirido con mis jefes, para no volver a postergar la cita que desde hacía buen tiempo tenía pendiente con el médico.

Cuando llegué abajo sentí mareos que me preocuparon un poco, y mientras cerraba los ojos, pedí a viva voz algún medicamento que los aliviara. No hubo respuesta alguna, lo que me hizo gritarlo más fuerte. Una vez más vivía un silencio sepulcral, hecho que me motivó a ir a buscarlas yo mismo. Camino al anaquel que yace bajo el lavabo -lugar donde guardamos el botiquín- advertí que mi hijo no estaba en el comedor, y que mi señora había dejado la cocina. Los mareos pudieron más, y fui en busca de la milagrosa cápsula sin mayores interrogantes.

-         Podría jurar que cuando llegué, la mesa estaba ordenada para cenar -pensé mientras miraba fijamente una mesa vacía, que ni siquiera era la que había comprado años atrás, ocupando su lugar en el comedor-

En ese instante recordé que la gorda -adjetivo que cariñosamente comparto con mi señora- me había dicho que tenía planes de comprar una mesa nueva. Curioso que no me haya comentado que ya lo había hecho, y más extraño todavía fue que no me hubiese dado cuenta apenas arribé. Supongo que el trabajo me ha vuelto un tanto distraído.

Me apresté a buscar a Daniel, mi más grande orgullo. Siempre ha sido el primero de su clase, e irradia una alegría de envidia, razones suficientes para felicitarlo día a día. El problema fue que aquella intención se vio mermada por el simple hecho de no poder encontrarlo. No entendía cómo esto era posible, si hace no más de tres minutos había escuchado su voz. ¡Sí, estoy muy seguro que era su voz!

Me instalé en mi sillón favorito, y esperé. Esperé durante largas horas a que mi familia entrara por la puerta principal y me aclarara qué estaba sucediendo, o si eran acaso estos mareos -o tal vez el medicamento- lo que me hacía no entender los hechos que me circundaban. Imagino que habrán pasado unas dos o tres horas, aunque la verdad no recuerdo haber utilizado aquel tiempo pensando en algo. Fue extraño, pero mi mente se mantuvo en blanco mientras mis ojos fijaban su atención en la manilla de la puerta.

Cuando la puerta finalmente se abrió, vislumbré algo que no hubiese deseado. Mi señora en largas ropas negras lloraba una fotografía mía, mientras que Daniel -también en oscuros ropajes- intentaba contenerla, con evidente congoja. Me puse de pie de súbito, e intenté correr hacia ellos, mas mi sorpresa fue mayor cuando noté que mis piernas se habían convertido en grandes entes inmóviles. Me sentí clavado al suelo, y mis más grandes esfuerzos pertenecían al mundo de lo inútil. Les grité desesperado, mientras un sentimiento de ingobernabilidad recorría mi cuerpo enajenado. Comencé a llorar mientras sentía mis fuerzas agotarse lentamente. Todo había sido en vano, no escucharon una sola palabra.
  
-         Mamá, tienes que dejarlo ir -decía Daniel absorto en el agobio-. ¡Al papá no le hubiese gustado verte así! Además ya pasaron un par de años… es momento de que sigamos con nuestras vidas.

En aquel instante observé el más reconfortante de los abrazos, mientras ella se secaba las lágrimas con el pañuelo que le había regalado para nuestro último aniversario, para más tarde disponerse a subir las escaleras, y desaparecer entre las sombras. Lo intenté una vez más, pero de mi boca no salió sonido alguno.

Estaba pasmado, y de improviso sentí un frío abisal invadiendo mi cuerpo férreo. No lograba entender si acaso todo se trataba de un montaje, una ilusión o un mal sueño. No lograba entender en qué momento había dejado de formar parte de la realidad que durante cuarenta y cuatro años me cobijó. No lograba entender que había sucedido en la escalera, horas antes. Fue entonces cuando sentí una vez más el dolor punzante y opresivo, esta vez quemándome desde mi pecho hacia los alrededores. Me sentí desvanecer, y dejé el cuerpo con el que me identifiqué durante largos años.

Al día de hoy me pregunto dónde estuve mientras no era de aquí, ni de allá. Incluso he llegado a pensar que me encontraba cumpliendo las horas extras prometidas. Después de todo, un compromiso es un compromiso.

Hasta una próxima lectura


octubre 08, 2011

Recuerdo

Caía la tarde, y no nos habíamos movido ni un centímetro de aquella cuna que albergaba nuestros cuerpos nerviosos. La seguía mirando fijamente a los ojos, y ella, inquieta como hasta ese entonces no la había visto, desviaba su tímida mirada en cualquier otra dirección. Nos encontrábamos rodeados de desconocidos que con apuro tramitaban sus vidas, hecho casi imperceptible para nuestros sentidos embriagados de brío. Nunca antes me había encontrado en una situación de tan suculento sentir, sin embargo sabía que aquel era el momento que había estado esperando de buen tiempo a esa parte. Sabía que aquel era el momento de vivir.

Un café había sido la excusa para encontrarnos, y ya consumido no había pretexto válido que nos obligara a disfrutar de la mutua compañía, salvo por aquella extraña sensación compartida que invadía nuestro interior como una llama que irrumpe en todo lo sano e inflamable. Jóvenes, sí, inmaduros, tal vez, pero bien sabíamos que lo que sentía el uno por el otro era real. Insólitamente real.

Ella sabía a ciencia cierta a qué estaba a punto de enfrentarse, y aunque sus labios tímidos me invitaban a jugar con ellos, sus palabras reflejaron un mundo diferente.

-          No estoy segura. No nos conocemos lo suficiente, y sabes bien por lo que he pasado -me dijo con una risa nerviosa, y aludiendo a su última relación fallida-.

Durante mi infancia -y gracias a las telenovelas- siempre pensé que cualquier palabra fuera de lugar podría arruinar un momento como este, despertando sus ganas de postergar el inicio de lo que sería nuestro idilio. Siendo protagonista de la versión contemporánea, advierto que el puro hecho de decir palabra alguna podría hacerlo, y opté por callar. Estaba seguro de que mis ojos le estaban diciendo todo lo que ella necesitaba saber.

Con pequeñas pausas y cierta vacilación puse mi mano en la suya, y me acerqué lentamente a esos labios que tanto prometían. Temí -como tantos hacen- que desviara su rostro dejándome en ascuas, pero si bien titubeó un poco, un par de segundos bastaron para que cerrara sus ojos y se dejase convencer, cayendo en lo que sería una experiencia de infinita, sincera y mutua felicidad. Había confirmado la existencia de Dios.

No existen palabras para describir lo que sentí. Todas quedarían en deuda, y ninguna reflejaría de manera fidedigna aquella magna sensación. Estaba embobado, pero consciente. Dichoso, pero intranquilo. Satisfecho, pero temeroso. Hubiese dado lo que mi vida fue hasta ese entonces para prolongar aquel momento, aunque bien sé que todo comienzo, tarde o temprano tiene su fin.

Nos separamos lentamente, y seguíamos sin escuchar el presuroso caminar de las personas a nuestro alrededor. Vivíamos nuestra burbuja, y nada ni nadie podía sacarnos de ahí. Nos miramos una vez más, en completo silencio. Esta vez no desvió su mirada, y noté que sus labios entreabiertos me proponían una segunda vuelta. La tomé.

Al día de hoy, cuarenta y ocho veranos más tarde, recuerdo aquel momento como si no hubiesen pasado más que un par de horas. Tal no podría ser mi precisión si no fuera porque me acompañan a diario los mismos besos que descubrí esa tarde. Tan sólo ha quedado atrás aquella lozanía digna y propia de toda juventud, pero lo entiendo y lo acepto como proceso normal dentro de lo que nosotros conocemos como vida. Entiendo y acepto que lo malo de lo bueno, es que dura muy poco.

Hasta una próxima lectura.


octubre 02, 2011

Justa Distribución

De mano en mano, y es que no hay quien no lo necesite. Es lamentable denotar que cuando escasea, la calidad de vida de aquellos desafortunados se vea tan perjudicada, y es a su vez molesto -e irrisorio- que quienes más tienen, lo sigan acumulando sin darle un fin noble o filantrópico. Todo es un negocio, y para el lamento colectivo, formamos parte de una sociedad que así lo permite. Es un negocio generarlo, y otro igual lograr que se encuentre a salvo.

Habrá quienes en un solo día recolecten cantidades ridículamente grandes, tanto así que prolongándolo en el tiempo, además de darle un provecho súper a su diario vivir, le asegurarán la vida -y de las mejores- a sus futuras generaciones. Más que “grandes inversiones aisladas”, en el común diario éste llega por inercia. Porque está todo dado para que así sea, y tan sólo se necesitará un par de firmas para que se acelere el flujo. No es que esté mal estar bien, sino que no está del todo bien no ayudar a quienes están mal, y es ahí donde chocan tantos.

No olvidemos el otro extremo, que día a día labura donde las papas queman, y se lo ganan con sudor y lágrimas. Hay quienes lo acumulan en verdaderos fardos, con nada más que una cinta elástica. Corren día a día el riesgo de que se les sea sustraído por manos perspicaces, mas -en general- se someten a aquel peligro porque no tienen los medios para que aquella opción tome otro rumbo. Ni hablar de quienes no pueden siquiera formar aquel fardo. A ratos me molesta que la vida no tenga que ser justa, y me molesta más que esto sea tan evidente.

No faltarán quienes lo obtienen de manera ilícita, como la mencionada anteriormente. Esto es caer bajo, y más bajo que abajo. Ya sea con transferencias millonarias, y apretones de manos de camisa y corbata, o puñales a punto de yugular, el hecho es igualmente reprochable. Suele asignarse la responsabilidad de la fechoría a la necesidad, mas la verdadera transgresión la cometen aquellos gobernantes poco útiles e imprudentes, cuya posibilidad de generar una distribución más justa de las riquezas nacionales se ve mermada por aires de ambición y cicatería. Se protegen entre ellos, y forman aquella nube negra que hoy conocemos como desigualdad social.

Si a esta abismante separación entre dos mundos, le sumamos que tanto la salud, como la educación, las viviendas y las oportunidades de calidad se inclinan hacia el lado de los acaudalados, obtendremos como diagnóstico la normal que impera el día de hoy en nuestro país. La verdadera interrogante radica en cómo generar el cambio, porque pareciera ser obvio que no nos encontramos en el mejor de los escenarios.

Comparto mis palabras con el fin de hacer pública mi molestia contra el sistema que hoy nos domina, y lo invito a usted, lector, a generar un cambio en cada pequeño espacio local que frecuente. Lo invito, porque es justo y necesario.

Hasta una próxima lectura.