septiembre 27, 2011

Primera Impresión

Es gorda. Frunce demasiado el ceño, se ve fome. Se ríe poco, está despeinada. No hay caso.

La maté, lo sé. Hablo de cualquier persona, no armemos polémica. En este caso particular se trata de una mujer, pero podría ser cualquiera de nosotros. Sucede que las primeras impresiones son así de importantes, querámoslo o no. No es que tengamos que voltear todos nuestros esfuerzos en mejorar nuestra apariencia para caer bien de buenas a primeras, ni que adoremos el credo de la superficialidad, pero no podemos negar tampoco que es la primera puerta que debemos cruzar para entrar en la vida de cualquier persona, y precisamente por eso es importante. Porque nos pueden cerrar aquella puerta en la cara incluso por cómo nos vestimos.

Casi a diario y de manera ininterrumpida “conocemos” gente nueva, ¿pero acaso llegamos realmente a saber con quiénes tratamos? Imagino que pocos podrían refutar la idea de que lo fundamental para poder afirmar que conocemos a alguien, es efectivamente hacerlo en profundidad, averiguar cómo son “por dentro”, entiéndase sus gustos e intereses, sus anhelos, sus sueños, sus conflictos y sus pasiones. Debemos conocer sus virtudes y sus defectos, mas no debemos dejar de apreciar que aquella noble misión sólo se puede concretar si existe el tiempo y la disposición bilateral para hacerlo. Tiempo que escasea en los encuentros fortuitos -como son las noches de jarana y locura inducida- y disposición menguada si nuestra apariencia no despierta interés en alguien más que nosotros mismos.

Equilibrio. Aquella palabra la encontraremos casi siempre que se nos presente una interrogante con vertientes diametralmente opuestas, y pareciera no ser esta la excepción. Ninguna mujer sensata y en sus cabales nos exigirá un cuerpo digno de modelar Calvin Klein’s, ni nosotros, hombres cautos y juiciosos pediremos matrices de Vogue. No se trata tampoco de conformarnos, ni agarrar al vuelo tan sólo lo que puedan nuestros dedos. Apunto a que somos -en general- capaces de ver más allá, y amalgamar en justa medida lo físico y lo abstracto. Después de todo, son pocos los que para el 18 no comieron empanadas.

Me pregunto entonces, ¿dónde fijo la cantidad de fachada que busco, y cómo la mezclo con los atributos internos que espero? Si me excedo en la primera caeré en la insustancialidad, y si lo hago en la segunda no faltará quien me pregunte, curioso, si acaso algo anda mal conmigo. Existirá, supongo, un ‘rango’ de lo personalmente aceptable, dejando abierta y viva la incertidumbre de sus límites. Destaco que es esta aleación la que transmitimos cuando por primera vez nos saludamos, y que debemos cuidar si no tenemos los ánimos ni la fuerza para romper el cerrojo de aquella puerta de entrada a la vida de quien nos interese.

Desde mi experiencia particular comparto. Ya han sido varias personas las que, más temprano que tarde, me han confesado que de buenas a primeras no fui de sus agrados (en un contexto donde las influencias del alcohol quedan fuera, claro está). Y con varias no quiero decir dos, tres o incluso cuatro. Esto deja en evidencia que la primera impresión que suelo plasmar en la gente no es de agrado popular, y las razones que he escuchado redundan en el egocentrismo, y en los tonos autoritarios. ¿Será que necesito más que una primera impresión para que adviertan que son sólo bromas que suelo hacer, y que más tarde podrían terminar compartiéndolas conmigo? Podría suceder también que lisa y llanamente caigo mal, no lo sé, pero eso es materia de cuestionamiento personal, y mentiría si escribiera que jamás me he propuesto mejorar aquella primera impresión que otorgo.

Me declaro acérrimo creyente de que todos deberíamos poner de nuestra parte para lograr transformar nuestra primera impresión en algo agradable, independiente del ambiente en el que nos desenvolvamos. Después de todo, habitamos un colectivo ineludible, y no me parece razonable amargarnos el día a día tan sólo porque existen quienes detestan a las masas, y les importa un bledo y medio lo que los demás piensen de ellos. En palabras optimistas, siempre podremos mejorar aquellos rasgos que despiertan aquel sabor amargo tras nuestros saludos, y veremos todos que no es algo necesariamente difícil de hacer. Esto de vivir en sociedad tiene sus reglas, pero es lo que hay.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 23, 2011

Descuidada Amistad

Me levanto temprano, pero sin apuros. Me ducho sólo por costumbre, es parte de la rutina diaria. Después de todo, a nadie le importaría que fuese desaseado a trabajar, y si llegase a suceder, entonces sería a mí a quien no le importaría. Hace años descuidé mi imagen, y no tengo ningún interés en remendarla. Subí de peso considerablemente, todo por culpa del alcohol y los pasteles. No malgasto mi dinero en artículos de cuidado, o aseo personal. Eso es para los siúticos. El mío lo ahorro, para mi próximo problema de salud. Café, huevos y tocino. El desayuno que acostumbro disfrutar antes de irme a la oficina. Por suerte no tengo que saludar a nadie durante el trayecto, y converso en el trabajo solamente sobre temas directamente relacionados con la pega. No miro la hora. No tengo compromisos con nadie, ni trámites en lista de espera. Sé que es hora de irme cuando se pone el sol tras la ventana, y agradezco que después de cuatro años consecutivos, esta vez no me hayan invitado al cumpleaños de Manuel, contador de la empresa y amigo de todos. Bueno, de casi todos. Llego a mi departamento sin afanes de  enterarme de las desgracias nacionales a través de las noticias, y me acuesto sin esperar el día de mañana. No tengo apuros, llegará tarde o temprano.

¿Por qué habría de cuidar mi apariencia? Este mundo está podrido, es demasiado superficial. ¿Qué cuide mi salud? ¿Para qué? Después de todo voy a morir en algún momento. ¿Preocuparme por no tener novia? Tengo un trabajo estable, y con buena remuneración. Compro lo que quiero, y no me dejo dominar por los calendarios, ni las normas de una mujer. Además se gastaría todo mi dinero, eso es seguro. De hijos, ni hablar.

Tengo una vida tranquila, aunque siendo sincero, noto que algo le falta. No estoy seguro de lo que es, pero sé bien con qué se relaciona. Me hubiese gustado tener un hombro sobre el cual llorar cuando fallecieron mis padres, en lugar de haberlo lamentado solo en mi sillón, sin contarle a nadie y aguantando las lágrimas. Quizá hubiese sido agradable haber celebrado mi ascenso a la gerencia comercial de la empresa con alguien, en lugar de haber pasado aquella tarde y noche pensando en lo abultada que se volvería mi billetera a partir de ese día. Tal vez sería agradable compartir las tardes con un compañero -o un amigo que le llaman- tomándonos un café y discutiendo nuestras hazañas amorosas, no lo sé. Nunca he tenido el valor de invitar a alguien a vivir algo siquiera parecido. Me han invitado, sí, pero desconfío de las intenciones de quienes lo han hecho. ¿Me invitarán porque quieren algo de mí? ¿Querrán sacarme información? Tal vez quieren robarme, o algo incluso peor. Tal vez quieren borrarme del mapa. Ante la duda, me abstengo y opto por mentir. La excusa siempre es la misma. Planes impostergables, y que no se molesten en insistir. El vació sigue ahí, pero sigo trabajando. Soy un convencido de que para eso vine a este mundo.

La verdad, no siempre sentí aquella carencia. Alguna vez tuve un amigo, o eso creí. Su nombre era Víctor. Era alto y torpe, pero me daba la impresión de que era un hombre sincero. Éramos adolescentes en ese entonces, y recuerdo que conversábamos mucho. Incluso iba a su casa a jugar con sus videojuegos, y nos pasábamos muy buenos ratos junto a otros amigos suyos. Un día simplemente dejamos de vernos. Rememorando, reparo que coincidió con mi ingreso a la Universidad, y durante los primeros dos años me excusé de verlo, siempre bajo compromisos académicos. Después dejó de llamar, y seguí con mi vida. Noté que algo andaba mal cuando recibí mi título profesional. Advertí que mis compañeros habían invitado a sus familiares y amigos a la ceremonia, y yo no tenía a nadie.


Siempre he sido un hombre tímido. Me cuesta relacionarme con otras personas, y cuando me dan en bandeja la oportunidad de hacerlo, declino. ¡Es que no confío en los humanos! Sé bien cuánta maldad hay en el mundo, y no quiero exponerme a ser una víctima más de un sufrimiento que puedo evitar. Sólo una persona en mi vida se mostró preocupada cuando me alejé de todo círculo social, y ya es tarde para recuperarla. Será que no soy bueno disculpándome…

Este vacío hiela mi alma a diario. Mi única diversión es -y sólo de manera esporádica- el televisor, donde por suerte no tengo que agregar contactos para que funcione, algo tan típico de las redes sociales actuales. Estoy harto de suprimir mis pasiones por no tener con quién compartirlas. Estoy harto de la rutina, de la mierda de vida que construí con mis propias manos. Estoy harto de no tener amigos, y no hacer nada para cambiarlo. Estoy harto de vivir en sociedad, sin ser parte de ella.

Esta no es mi historia, pero podría haberlo sido si no los hubiese conocido. Con mucho cariño, para todos mis amigos.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 19, 2011

Enamórate

Enamórate, porque las relaciones perfectas sólo existen en las películas.

Enamórate, porque suele verse más amor en una relación que no es la tuya.

Enamórate, porque la relación será color de rosa sólo durante un breve período.

Enamórate, porque el dinero se irá como agua entre tus dedos.

Enamórate, porque tendrás peleas y discusiones absurdas.

Enamórate, porque vivirás una crisis de la que costará mucho salir airoso.

Enamórate, porque no podrás tener más amigos del sexo opuesto.

Enamórate, porque con el tiempo el aspecto físico de ambos se verá deteriorado.

Enamórate, porque en Estados Unidos uno de cada dos matrimonios termina en divorcio.

Enamórate, porque la pareja ideal no existe.

Enamórate, porque es probable que tu pareja te engañe.

Enamórate, porque es posible que tu pareja te maltrate.

Enamórate, porque es seguro que sufrirás.

Enamórate, porque de lo contrario habrás perdido toda tu vida.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 12, 2011

Yo Escribo

¡Déjate de escribir huevadas, y usa tu tiempo en algo útil! ¡Estudiar, por ejemplo!

Creo que serían esas las palabras exactas que diría mi madre una vez más, si me volviese a ver traduciendo lo que mi mente compone frente al ordenador, a través del sonido de las teclas. Si este fuese el caso, probablemente me volvería a cuestionar si acaso realmente pierdo mi tiempo escribiendo huevadas, y probablemente también volvería a encontrar la misma respuesta dentro de mí, tras uno o dos suspiros. No, no creo estar malgastando este preciso –y precioso- momento, reflejando el interior frente a una hoja –aunque blanca y de dimensiones conocidas- inexistente en el mundo de lo tangible. El motivo es simple, y es justamente un error garrafal el encontrarlo dentro de los argumentos de mi madre, o de cualquier otra persona que pudiese llegar a pensar algo similar. Hablo de aquella invitación a estudiar, pero no de un estudio cualquiera. No hablo de un estudio netamente académico, que podría desarrollar en base a proteínas, orgánulos celulares, estructuras químicas o drogas de abuso. Apunto a un estudio poco convencional para quienes nos denominamos estudiantes. A un estudio del profundo sentir, a una introspección  sin precedentes. A estudiarse a sí mismo, y como es costumbre para nosotros, rendir prueba de aquello.

Ahora bien, me pregunto perplejo: ¿Existe acaso prueba alguna, que de manera fehaciente e irrefutable, demuestre que este estudio tan particular que hoy defiendo, trae como consecuencia el hecho positivo de un bien, si quiera personal? A priori pareciera que no. Terminadas dos canciones en el reproductor, podría argumentar que el simple hecho de exteriorizar pensamientos, y construir párrafos de ideas, dudas y argumentos ayuda al individuo a desahogarse, tanto frente a todos, como en la soledad de su escritorio. Esto último dependerá de la distribución del escrito, y trasciende del motivo que nos convoca. El lado positivo de esto hecho se explica por sí mismo. Tendríamos entonces un primer motivo para irrumpir entre las letras, presentarnos frente a los versos, e iniciarnos en las estrofas. En fin, integrarnos en los escritos.

Por otro lado, personalmente concibo la idea de que la escritura –y exteriorización sentimental- periódica, mejora en quien la practica tanto lo obvio de la materia (entiéndase redacción, ortografía y puntuación), como el estilo del discurso, o relato hablado. ¿Esto significa entonces que toda esta ‘obsesión’ de serle sincero al ordenador, trata una cuestión de ego? ¿Y si así fuese, sería acaso una calamidad? ¿Acaso no tenemos todos nosotros, individuos sentimentalmente correctos una cuota de ego, que podríamos amplificar satisfaciendo pequeños gustos personales, como lo es en mi caso, una correcta escritura? No me parece inocuo, por cierto, el olvidar mencionar que jamás una correcta escritura llegará a ser mal vista. Ni siquiera en un mensaje de texto escrito por un quinceañero, y esto nos trae como consecuencia un segundo motivo para comenzar a escribir huevadas.

Mi intención no es, por cierto, el convencer a las grandes masas nacionales de que desde el día de hoy -y exclusivamente tras la lectura de estas líneas- deberán comenzar a practicar lo que tal vez, en su momento pudo ser para muchos un sueño que jamás pudieron concretar, o en el extremo opuesto del caso, algo que jamás habían si quiera pensado. Me limitaré a compartir la pasión únicamente con quien se sienta eventualmente aludido. En efecto, bien entiendo que no todos somos el centro de las mismas dichas, penas o glorias, siendo ésta razón suficiente para ser parte de aquella consigna del status quo frente a quien no demuestre interés en lo contrario.

El tiempo del que dispones, la música que estás escuchando, o la situación sentimental que vives y soportas. Son estos tres los argumentos más comunes para comenzar a desenvolverte, tanto como lo son para no hacerlo nunca. Esto nos reduce a la única posibilidad de que la exclusiva fuerza que puede generar un cambio en este estado de inercia mental, sea la voluntad de querer hacerlo. Hoy, yo tengo esa voluntad. Hoy, yo escribo.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 09, 2011

Relaciones Unilaterales

Es curioso. Es parte del paradigma colectivo el saber que el término de una relación amorosa duele, y puede generar vahídos importantes y frecuentes en aquellas personas cuyo ‘corazón’ (por favor, entiéndase en el sentido metafórico obvio) se encuentra roto, o en proceso de lenta recuperación. ¿Por qué no forman parte de este paradigma global aquellas relaciones fallidas, que jamás lograron concretarse? Apunto particularmente a aquellas relaciones que fracasan antes de incluso comenzar. ¿Son éstas acaso menos importantes, por poseer un carácter abstracto? ¿No pudieron bajo ningún caso haber penetrado en lo profundo del sentir, y haber roto aquel hielo de literatura, sin involucrar necesariamente los actos tradicionales del amar?

No es mi intención llenar este espacio de aquella verborragia cursi y necia, que según algunos me caracteriza, pero -para lamento de otros- siento que precisamente es hoy el día para profundizar en el tema en cuestión. Muchas cosas puedo escribir sobre aquella estropeada relación que nunca llegó a ser tal. A su vez, otras tantas de aquel amor que por (mala) suerte no existió, y muchas más de las palabras que -a falta de valor- no se dijeron. En concreto, lógico será pensar que nos interesará saber únicamente el resultado (o más bien, la falta de resultado) de estas situaciones. Personalmente, me considero un fiel creyente de que estos tres casos tienen una importancia trascendental en la formación de un individuo sentimentalmente correcto.

Disculparán ustedes la autorreferencia, pero llevaré a mi vida estas interrogantes. ¿Qué habría sido de mi desarrollo sentimental, si a los siete años no me hubiese enamorado perdidamente de aquella niña, cuyos dorados cabellos respiraban -por, y para ella- aires de superioridad? ¿Cómo hubiese enfrentado mis relaciones futuras, si a los diez no hubiese anhelado ser el único y exclusivo dueño del amor más solicitado en ese entonces? Finalmente, y no por esto menos importante… ¿Qué sucedería si en un futuro no encontrara un relato entre mis recuerdos, donde abordara aquellos datos interesantes sobre una relación que jamás logré concretar? ¿No sería acaso algo importante que comentarles a mis nietos?

Tal vez lo anterior podría resultar en una simple anécdota, y relatarlo con total carácter de cotidianidad. Podría suceder también todo lo contrario, y que mi oratoria me permita expresar la experiencia como aquel trago del elixir bendito, por supuesto jamás bebido. Independiente del ‘cómo’ se cuente, es importante destacar que el simple hecho de recordarlo dará fe, que por sobre todo, se trata de un hecho que ha trascendido, y de alguna u otra manera, marcó mi vida, mi juventud y adolescencia, y mi mente albergará las imágenes de aquellas -por siempre memorables- jugadas mal hechas. A mi parecer, es necesario tener alguna historia para contar, en la cual el campeón se haga cobarde, y el culpable sea quien la relate.

El propósito que persigo con estas líneas, no es el de comenzar a almacenar historias para crear una biblioteca mental, llena de volúmenes de fracasos, o eventuales victorias amorosas. Más bien, es de mi interés notar que estos episodios trascienden, y tanto es así que forman al individuo, hasta un punto en el cual aprenden a valorar con creces las relaciones concretadas y establecidas, y de sobremanera la que actualmente posea. Estaremos frente a un problema de dimensiones, cuando (estando, o no) en una relación estable, se añore aquella que jamás alcanzó a serlo.

Parecerá una joda, pero es una debacle en un tu hogar. Es una debacle en tu cuarto. Es una debacle en ti, en tu mundo y en todo lo que te importa y representas. Aquella hecatombe te perseguirá, y para lamento de todos nosotros, individuos sentimentalmente correctos, nada se puede hacer al respecto, ya que ha penetrado en lo profundo del sentir, y ha roto sin duda aquel hielo de literatura, sin haber involucrado aquellos banales actos del amar.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 07, 2011

Días Que No Volverán

¡Mamá, voy a ir a andar en bicicleta con el Ale, volveremos a la hora de almuerzo!

¿Hace cuánto tiempo dije por última vez esa frase? Supongo que han pasado ya tantos años que ni aunque lo intentara podría recordarlo con exactitud. Aquellos días en los que solía divertirme cual niño en parque de diversiones se han ido. La culpa no la tiene un ente en particular, ni tampoco alguna persona que podría yo apuntar, donde figura mi familia, mis amigos, e incluso los completos desconocidos. Si se le pudiera atribuir la culpa a quien fuere responsable de la desaparición de aquellos años, el poncho le caería al tiempo. Un tiempo cruel que a la fuerza me obligó a madurar y a dejar de lado aquellas actividades que  considero hoy, infantiles.

Ubi sunt podríamos leer en palabras de más de algún poeta. Ciertamente no soy uno de ellos, por lo que a mi modo me pregunto, ¿Dónde están aquellos días que hoy sé, no volverán jamás? De aquella pregunta pueden derivar -por lo bajo- otras cien más, pero me parece absurdo analizar en detalle esta reflexión, ya que tras años de dudas, inquietudes y búsqueda, lo más probable es que no encuentre conclusión alguna, y de hacerlo, ésta no sería de gran importancia. ¿De qué me serviría saber dónde se acumulan los días de mi niñez, si es imposible vivirlos una vez más?

Es cierto que la vida es un proceso que para muchos puede resultar largo, mientras que otros lo perciben como breve, mas proceso al fin. Dentro de este trámite que es la vida, se suelen destacar tres etapas por cada persona: sus días como niño, sus años como adulto, y sus siglos como viejo. Si la vida como adulto pareciera ser larga, y digna de durar años, la vejez a muchas personas les suele parecer el doble, ya que todos sus esfuerzos y vivencias les pasan la cuenta, y en la mayoría de los casos esto se traduce como una reducción importante en sus capacidades. Cambia el panorama cuando hablamos de la niñez, de la infancia. Todo es tan puro, tan nuevo y tan llamativo que aquí es donde se educa verdaderamente a una persona. Cierto también es que una etapa tan corta como esta, para un adulto parecieran ser días.

De mi niñez, salvo por su corta duración, no podría quejarme. Cierto es que nací en un buen barrio, de hecho reconocido como uno de los mejores de mi ciudad. No puedo negar tampoco que se me fue dado todo lo que necesité, y muchas veces lo que quise. Cual niño normal, fui enviado a un jardín infantil con la mejor de las intenciones. Mis padres le llamaron “el inicio de mi educación”, mas hoy me es posible denotar que estaban equivocados. El inicio de mi educación había comenzado años antes, desde mi nacimiento y en mi propia casa, mi primera y más importante escuela.

A medida que pasaban los años me daba cuenta que estaba próximo a entrar a una “etapa de transición”, la pseudoadultez llamada adolescencia. Ansiaba con toda mi infantil humanidad que llegara el momento, y hoy es cuando me arrepiento de no haber sido niño cuando aún podía. Hoy es cuando me arrepiento de no haber jugado más juegos de cabro chico con mi hermano. Hoy es cuando me arrepiento de no haber aprovechado el día a día siendo infante. Hoy es cuando me arrepiento de no haber dicho una vez más ¡Mamá, voy a ir a andar en bicicleta con el Ale, volveremos a la hora de almuerzo!

Mis padres no tenían en aquel entonces problemas de carácter económico, por lo que pudieron costearme un buen colegio privado en un barrio tranquilo, seguro y consolidado. En esta institución conocí a quienes fueron, y son hasta el día de hoy mis más grandes amigos. No destacaré mayormente este hecho, ya que hacer y tener amigos lo concibo como algo normal en la vida de un niño.

El colegio tras ser novedad, se convirtió en rutina, y desarrollé la reacción normal frente a la rutina: hastío. Dentro de esta etapa denominada infancia, era una reacción de esperarse. Considerando el contexto sociocultural en el cual me desenvolvía día a día, era apostar a una moneda de doble cara.  “Pobre niño rico” se podría escuchar en algunas poblaciones de mi gran ciudad, aludiendo a que pan y frazadas tenía a diario; a que a una educación privilegiada tenía acceso; a que poseía una familia unida  y a que incluso podía costearme ciertos lujos, sin ser necesariamente rico. Si bien quien alguna vez pudo haber pronunciado aquella frase no se equivocaba (salvo por lo de rico), lo más posible es que careciera de ciertos conocimientos sobre los niños de mi estrato social. Aquella persona probablemente no sabía que un niño como yo podía pensar bastante parecido a un niño como los que él o ella conocía, y que probablemente compartíamos sentimientos comunes, como por ejemplo el rechazo a la institucionalidad escolar. Aquella persona quizás dudaba del color de mi sangre. Aquella persona no sabía que yo no tenía mayor conciencia sobre el acantilado que nos separaba.

No es el momento de negar de donde vengo, de lo que tuve o lo que tengo. Es el momento de aceptar que los días inocentes de la infancia humana, para mí han acabado. Hoy es cuando me encuentro en la segunda de las etapas de la vida normal de una persona, y tengo la oportunidad de recordar aquellos días que tantos añoran. Hoy es cuando me doy cuenta que de lo que fui, queda bastante poco. Todo tipo de cambios se llevan a cabo en la pseudoadultez, desde apreciaciones personales, características físicas y psicológicas hasta de gustos varios, que sin darnos cuenta, día a día forjarían nuestro presente.

No resta más que aceptarlo. Lo vivido es pasado, haya sido bueno o todo lo contrario, y no se puede más que recordar aquellas fechas. Viéndole el lado positivo, durante mi infancia tuve una familia bastante unida y nací en un barrio que me supo adoptar de buena forma. Me crié junto a una fracción privilegiada de la sociedad de aquel entonces, y fui educado para ser lo que más de alguno calificaría como un hombre culto. Día a día me educo más, y la verdad dudo que algún día deje de hacerlo. Si bien de lo que fui hoy queda poco, no es tema para desesperarse. Es sólo otro más de los innumerables  procesos que la vida nos obliga a adoptar, ya sea para bien o para mal.

Muchas cosas han cambiado desde la creación de los primeros seres vivos hasta hoy, pero algo que nunca lo ha hecho, y que aseguro, por los siguientes siglos tampoco lo hará, es el saber que los acontecimientos pasados pertenecen ya a otra realidad, a  un mundo donde se retiene lo que  nosotros ya hemos vivido. Todos esos sucesos, todos esos acontecimientos pertenecen hoy al mundo de los días que no volverán.

Hasta una próxima lectura.


septiembre 06, 2011

Bienvenidos

Probablemente para más de una persona -yo entre ellas- será una sorpresa el estar leyendo estas primeras palabras. La razón es simple, y quienes me conocen deberán imaginarlo. Nunca antes me vi escribiendo ‘entradas’ para un Blog propio, y mucho menos de carácter público. Sinceramente, dudo el poder encontrar en mí una razón fundada  que explique este fenómeno, mas no me quitará el sueño el no ahondar en la búsqueda de explicaciones poco relevantes. Seré el primero -¿y cómo podría no serlo?- en darle a este espacio un carácter liberador, dejando atrás el infructuoso cuestionamiento y dándole plena libertad de existencia a la incertidumbre.

En un pasado no muy lejano de mi vida, fui duramente criticado por dedicarle más tiempo del apropiado a algunos placeres mundanos de la existencia, dejando a su suerte asuntos que realmente habrían de trascender. Esto según la creencia de las grandes masas y la cultura popular, claro está. Sin afanes de profundizar en lo que aquel crudo momento significó, advierto que a la fecha, mucho no he cambiado. Al día de hoy me sigo considerando un -afortunado- apasionado de las cosas simples, y el poder escribir estas líneas es una de ellas. El poder compartirlas es otra, y me conmueve de buena fe el poder darle gusto e importancia a esta trivial acción, que es escribir. Rendiré cuentas de esto último, en un futuro que espero, no sea muy lejano.

Fantasías, Realidades y Utopías es el nombre escogido para darle vida a este infinito espacio virtual, haciendo clara referencia al cúmulo de tópicos que podrán eventualmente ser abordados. Prima desde ya la invitación a todos ustedes para participar de manera activa en este encuentro, ya sea fomentando la discusión y la bilateralidad, o bien simplemente dejando un saludo o comentario. Todos serán agradecidos y a lugar, mientras se fomente y mantenga el respeto.

Ya sin más, les doy la más cálida de las bienvenidas a mi mundo hecho palabras.

Por último, y confiando en que un buen deseo no puede traer consigo más que beneficios, revelo mis intenciones de que la realidad -y no así el destino- decida para todos nosotros un futuro mejor. Luchemos para que así sea. Luchemos para forjar esa realidad. Luchemos por la utopía.

Hasta una próxima lectura.