Es gorda. Frunce demasiado el ceño, se ve fome. Se ríe poco, está despeinada. No hay caso.
La maté, lo sé. Hablo de cualquier persona, no armemos polémica. En este caso particular se trata de una mujer, pero podría ser cualquiera de nosotros. Sucede que las primeras impresiones son así de importantes, querámoslo o no. No es que tengamos que voltear todos nuestros esfuerzos en mejorar nuestra apariencia para caer bien de buenas a primeras, ni que adoremos el credo de la superficialidad, pero no podemos negar tampoco que es la primera puerta que debemos cruzar para entrar en la vida de cualquier persona, y precisamente por eso es importante. Porque nos pueden cerrar aquella puerta en la cara incluso por cómo nos vestimos.
Casi a diario y de manera ininterrumpida “conocemos” gente nueva, ¿pero acaso llegamos realmente a saber con quiénes tratamos? Imagino que pocos podrían refutar la idea de que lo fundamental para poder afirmar que conocemos a alguien, es efectivamente hacerlo en profundidad, averiguar cómo son “por dentro”, entiéndase sus gustos e intereses, sus anhelos, sus sueños, sus conflictos y sus pasiones. Debemos conocer sus virtudes y sus defectos, mas no debemos dejar de apreciar que aquella noble misión sólo se puede concretar si existe el tiempo y la disposición bilateral para hacerlo. Tiempo que escasea en los encuentros fortuitos -como son las noches de jarana y locura inducida- y disposición menguada si nuestra apariencia no despierta interés en alguien más que nosotros mismos.
Equilibrio. Aquella palabra la encontraremos casi siempre que se nos presente una interrogante con vertientes diametralmente opuestas, y pareciera no ser esta la excepción. Ninguna mujer sensata y en sus cabales nos exigirá un cuerpo digno de modelar Calvin Klein’s, ni nosotros, hombres cautos y juiciosos pediremos matrices de Vogue. No se trata tampoco de conformarnos, ni agarrar al vuelo tan sólo lo que puedan nuestros dedos. Apunto a que somos -en general- capaces de ver más allá, y amalgamar en justa medida lo físico y lo abstracto. Después de todo, son pocos los que para el 18 no comieron empanadas.
Me pregunto entonces, ¿dónde fijo la cantidad de fachada que busco, y cómo la mezclo con los atributos internos que espero? Si me excedo en la primera caeré en la insustancialidad, y si lo hago en la segunda no faltará quien me pregunte, curioso, si acaso algo anda mal conmigo. Existirá, supongo, un ‘rango’ de lo personalmente aceptable, dejando abierta y viva la incertidumbre de sus límites. Destaco que es esta aleación la que transmitimos cuando por primera vez nos saludamos, y que debemos cuidar si no tenemos los ánimos ni la fuerza para romper el cerrojo de aquella puerta de entrada a la vida de quien nos interese.
Desde mi experiencia particular comparto. Ya han sido varias personas las que, más temprano que tarde, me han confesado que de buenas a primeras no fui de sus agrados (en un contexto donde las influencias del alcohol quedan fuera, claro está). Y con varias no quiero decir dos, tres o incluso cuatro. Esto deja en evidencia que la primera impresión que suelo plasmar en la gente no es de agrado popular, y las razones que he escuchado redundan en el egocentrismo, y en los tonos autoritarios. ¿Será que necesito más que una primera impresión para que adviertan que son sólo bromas que suelo hacer, y que más tarde podrían terminar compartiéndolas conmigo? Podría suceder también que lisa y llanamente caigo mal, no lo sé, pero eso es materia de cuestionamiento personal, y mentiría si escribiera que jamás me he propuesto mejorar aquella primera impresión que otorgo.
Me declaro acérrimo creyente de que todos deberíamos poner de nuestra parte para lograr transformar nuestra primera impresión en algo agradable, independiente del ambiente en el que nos desenvolvamos. Después de todo, habitamos un colectivo ineludible, y no me parece razonable amargarnos el día a día tan sólo porque existen quienes detestan a las masas, y les importa un bledo y medio lo que los demás piensen de ellos. En palabras optimistas, siempre podremos mejorar aquellos rasgos que despiertan aquel sabor amargo tras nuestros saludos, y veremos todos que no es algo necesariamente difícil de hacer. Esto de vivir en sociedad tiene sus reglas, pero es lo que hay.
Hasta una próxima lectura.




