Domingo veinte, finales de año. Por cuarta y última vez en la semana camino a la barra que acostumbro, donde uno que otro trago embriagará las desdichas clásicas del desamor. Me sirven el whisky doble de rigor, mientras canalizo mis potestades para transformarlo en el anhelado cianuro. No alcanzan a pasar dos o tres minutos, cuando me da por encender el primer cigarrillo de la noche. Por simple hábito adquirido, miro fijamente el humo que se desprende de aquel pitillo, y me prometo una vez más que no aburriré al barman con mi historia, que de ella ya ha tenido suficiente.
Intento no pensar en nada, mas inevitablemente después del segundo vaso a muchos nos da por recordar. Cerrar los ojos, juntar la mano izquierda con la frente, y recordar. Recordar nuestro primer encuentro, aquella tarde de abril en que me presentaron a Verónica. Recordar mis palabras, su sonrisa, nuestras miradas. Recordar aquellas conversaciones de mesa, mis chistes, su risa y lo bella que la hacía ver. Recordar aquel primer beso que le robé, y el sentir presuroso de nuestros corazones, que bien sabían que aquel hecho marcaba precedentes que después darían de qué hablar. Recordar que comenzamos la relación más apasionada que tanto ella como yo hemos tenido, y cómo acordábamos vernos en nuestros nidos de encuentro que alimentaban nuestra algarabía sentimental. Recordar que de aquella relación hoy queda nada.
El tiempo no se detiene y la noche avanza. Los vasos se vacían, las colillas se acumulan y el bar declara su victoria una vez más. Pensativo, observo cómo otro joven muchacho intenta ligar con la extranjera que hace dos semanas frecuenta este mismo antro, y me recuerda mis intentos fallidos de forjar una relación antes de que finalizara la última. Ahora me dio por entender que el verdadero amor no se busca, sino que se espera. Quienes no quieran correr mi misma suerte, tan sólo deberán entender que los secretos, las mentiras y el engaño no servirán más de lo que pueden dañar.
En más de una ocasión, Verónica me habló de su sentir culpable, y me cuesta entender cómo pudo finalmente éste anteponerse a lo que sentíamos. Le propuse una vez que nos fuéramos, que olvidáramos todo y partiéramos lejos, pero el miedo a dejar a los suyos pudo más. Tal vez su manera de sentir no fue más verdadera que la mía. Tal vez su manera de sentir tenía compromisos inalienables con otro amor.
Reconocer que nuestra relación no tenía un nombre clásico no me traía mayores problemas, aunque hubiese deseado poder llamarla mi novia. Para nuestro mutuo lamento, bien sabíamos que ese título lo había proclamado su hija pocos días antes de presentarnos, con no más de unas pocas citas, tres besos y dos te quiero. Enterada ella de la verdad del caso, se encargó de generar un quiebre de magnitudes monumentales tanto en su familia, como en la relación con mi verdadera amada, y como era de esperarse, fui desterrado de su vida por cuanto pude serlo. Verónica no ha contestado mis llamadas desde entonces. Supongo que hay veces en que no sabe el deseo más que la suerte, y sólo nos toca callar.
Da la hora de cierre cuando afuera de las paredes que albergan el humo, los hedores y las caras de derrota se vislumbran los primeros rayos de sol de un nuevo lunes. Me levanto satisfecho, y converjo mis pensamientos e ideales en la conclusión rutinaria. Costará encontrarlo, y probablemente tienda a esconderse una vez descubierto. No sabrá de edades, géneros ni clases sociales. Podrá llenarse de polvo, y necesitará eventualmente una buena sacudida para volver a brillar, pero de lo que estoy seguro, es que el amor sí existe.
Hasta una próxima lectura.

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