A menudo me da frío, y se ha vuelto frecuente este sentimiento de soledad. Es un hospital lúgubre, las luces son opacas, y los pasillos están desaseados. Por lo menos así era cuando llegué, y si bien no he dejado esta habitación hace ya un tiempo, imagino que la situación no ha cambiado mucho. A diario siento dolores, pero estar acá por lo menos me da tranquilidad, espacio y tiempo para pensar. Pensar en cuanto no pensé antes de enfermarme, y recordar aquellos pasajes vividos en tiempos mejores.
Recuerdo que hasta hace unos meses, mi hija me visitaba con relativa frecuencia. Siempre optimista y esperanzada en mi pronta recuperación, ha sido siempre mi motivo más importante para seguir viviendo. Sus palabras de apoyo y buenos deseos todavía resuenan en mis oídos, y los hospedo con el máximo aprecio y cuidado, pues son lo único que durante estos días resuena en ellos. Al día de hoy no soy más que un ente enfermo ocupando el colchón, y no me siento orgulloso de confesarlo. Tanto es así, que parezco haberme convertido en una verdadera molestia para la gente a mi cuidado. La enfermera no demuestra sincera preocupación, y no viene más de una vez al día a confirmar que mi corazón todavía late. El médico parece haberme olvidado, pues ni juicios ha hecho últimamente, y de aquel farmacéutico no supe más después de su aclaración sobre interacciones entre medicamentos. Confieso que ni siquiera entendí de lo que me estaba hablando.
Para tratarse de un hospital, el recinto deja bastante que desear. Además del dejo de atención profesional, la suciedad y los hongos se apoderan poco a poco de los muros y las cavidades. Ni hablar de los olores, que se han vuelto realmente insoportables. Lo que me parece muy molesto e irritante, es el hedor que escapa del baño de la habitación. Las cañerías llevan semanas expuestas, y entre una que otra filtración se hace evidente la acumulación de mierda. Lo único que me molesta más que eso, es que la administración del hospital está al tanto de la situación, y no se preocupa de arreglarlo. Escuché hace unos días a las señoras del aseo hacer comentarios al respecto, sé de lo que hablo. También sé que no debería juzgar a mi compañero de habitación por su enfermedad, pero su cáncer de colon no mejora el panorama.
De vez en cuando siento ciertos dolores en los talones. La cadera también me genera problemas, y me duele de sobremanera cuando elevan mis brazos para asearme. Probablemente se trate de escaras, aquellas úlceras por presión que tanto dolor y malestar le generan a los pacientes que como yo, tienen movilidad reducida o nula. Dios, si estás en alguna parte y te enteras de mi situación, por favor deshazte de ellas. Si es demasiado pedirte despertar del coma que tanto sufrimiento le ha causado a mi familia, por lo menos te pido que me ayudes a dejar de sufrir estos dolores silenciosos, agudos y constantes que a diario me hacen arder en llamas.
Nunca me he caracterizado por ser pesimista, pero no puedo tampoco hacerme el desentendido en esta situación. Es la hora. No me lo esperaba, pero es la hora. Me da pena saber que no hay más sangre con mi apellido en esta habitación, y que eso signifique un adiós sin despedida me destruye el alma, pero me da más pena no poder esperarlos. Me da pena saber que podrían demorar semanas.
Comienzo a sentir mi corazón desvanecerse, y respirar poco a poco se me hace imposible. La opresión en mi pecho nubla mis recuerdos y mis ganas de aferrarme al mundo de lo material. Es curioso, pero ya no siento dolor. Ningún dolor, de hecho. Sé que este es el fin, y no perderé más el tiempo con banalidades absurdas. No perderé más el tiempo con recuerdos que no podrán viajar conmigo, y dejaré atrás esta reflexión del silencio para concentrarme en lo que mi último arrebato me inste a hacer. Lo aprendí de niño, y mis labios lo censuraron desde los quince hasta ahora. Supongo que enmudecido, al igual que los más gratos recuerdos, se trata de algo que nunca dejó de estar en mí.
Padre nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre (…)
Hasta una próxima lectura.



