noviembre 27, 2011

Reflexión del Silencio

A menudo me da frío, y se ha vuelto frecuente este sentimiento de soledad. Es un hospital lúgubre, las luces son opacas, y los pasillos están desaseados. Por lo menos así era cuando llegué, y si bien no he dejado esta habitación hace ya un tiempo, imagino que la situación no ha cambiado mucho. A diario siento dolores, pero estar acá por lo menos me da tranquilidad, espacio y tiempo para pensar. Pensar en cuanto no pensé antes de enfermarme, y recordar aquellos pasajes vividos en tiempos mejores.

Recuerdo que hasta hace unos meses, mi hija me visitaba con relativa frecuencia. Siempre optimista y esperanzada en mi pronta recuperación, ha sido siempre mi motivo más importante para seguir viviendo. Sus palabras de apoyo y buenos deseos todavía resuenan en mis oídos, y los hospedo con el máximo aprecio y cuidado, pues son lo único que durante estos días resuena en ellos. Al día de hoy no soy más que un ente enfermo ocupando el colchón, y no me siento orgulloso de confesarlo. Tanto es así, que parezco haberme convertido en una verdadera molestia para la gente a mi cuidado. La enfermera no demuestra sincera preocupación, y no viene más de una vez al día a confirmar que mi corazón todavía late. El médico parece haberme olvidado, pues ni juicios ha hecho últimamente, y de aquel farmacéutico no supe más después de su aclaración sobre interacciones entre medicamentos. Confieso que ni siquiera entendí de lo que me estaba hablando.

Para tratarse de un hospital, el recinto deja bastante que desear. Además del dejo de atención profesional, la suciedad y los hongos se apoderan poco a poco de los muros y las cavidades. Ni hablar de los olores, que se han vuelto realmente insoportables. Lo que me parece muy molesto e irritante, es el hedor que escapa del baño de la habitación. Las cañerías llevan semanas expuestas, y entre una que otra filtración se hace evidente la acumulación de mierda. Lo único que me molesta más que eso, es que la administración del hospital está al tanto de la situación, y no se preocupa de arreglarlo. Escuché hace unos días a las señoras del aseo hacer comentarios al respecto, sé de lo que hablo. También sé que no debería juzgar a mi compañero de habitación por su enfermedad, pero su cáncer de colon no mejora el panorama.

De vez en cuando siento ciertos dolores en los talones. La cadera también me genera problemas, y me duele de sobremanera cuando elevan mis brazos para asearme. Probablemente se trate de escaras, aquellas úlceras por presión que tanto dolor y malestar le generan a los pacientes que como yo, tienen movilidad reducida o nula. Dios, si estás en alguna parte y te enteras de mi situación, por favor deshazte de ellas. Si es demasiado pedirte despertar del coma que tanto sufrimiento le ha causado a mi familia, por lo menos te pido que me ayudes a dejar de sufrir estos dolores silenciosos, agudos y constantes que a diario me hacen arder en llamas.

Nunca me he caracterizado por ser pesimista, pero no puedo tampoco hacerme el desentendido en esta situación. Es la hora. No me lo esperaba, pero es la hora. Me da pena saber que no hay más sangre con mi apellido en esta habitación, y que eso signifique un adiós sin despedida me destruye el alma, pero me da más pena no poder esperarlos. Me da pena saber que podrían demorar semanas.

Comienzo a sentir mi corazón desvanecerse, y respirar poco a poco se me hace imposible. La opresión en mi pecho nubla mis recuerdos y mis ganas de aferrarme al mundo de lo material. Es curioso, pero ya no siento dolor. Ningún dolor, de hecho. Sé que este es el fin, y no perderé más el tiempo con banalidades absurdas. No perderé más el tiempo con recuerdos que no podrán viajar conmigo, y dejaré atrás esta reflexión del silencio para concentrarme en lo que mi último arrebato me inste a hacer. Lo aprendí de niño, y mis labios lo censuraron desde los quince hasta ahora. Supongo que enmudecido, al igual que los más gratos recuerdos, se trata de algo que nunca dejó de estar en mí.

Padre nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre (…)


Hasta una próxima lectura.

noviembre 20, 2011

Bar y Amores

Domingo veinte, finales de año. Por cuarta y última vez en la semana camino a la barra que acostumbro, donde uno que otro trago embriagará las desdichas clásicas del desamor. Me sirven el whisky doble de rigor, mientras canalizo mis potestades para transformarlo en el anhelado cianuro. No alcanzan a pasar dos o tres minutos, cuando me da por encender el primer cigarrillo de la noche. Por simple hábito adquirido,  miro fijamente el humo que se desprende de aquel pitillo, y me  prometo una vez más que no aburriré al barman con mi historia, que de ella ya ha tenido suficiente.

Intento no pensar en nada, mas inevitablemente después del segundo vaso a muchos nos da por recordar. Cerrar los ojos, juntar la mano izquierda con la frente, y recordar. Recordar nuestro primer encuentro, aquella tarde de abril en que me presentaron a Verónica. Recordar mis palabras, su sonrisa, nuestras miradas. Recordar aquellas conversaciones de mesa, mis chistes, su risa y lo bella que la hacía ver. Recordar aquel primer beso que le robé, y el sentir presuroso de nuestros corazones, que bien sabían que aquel hecho marcaba precedentes que después darían de qué hablar. Recordar que comenzamos la relación más apasionada que tanto ella como yo hemos tenido, y cómo acordábamos vernos en nuestros nidos de encuentro que alimentaban nuestra algarabía sentimental. Recordar que de aquella relación hoy queda nada.

El tiempo no se detiene y la noche avanza. Los vasos se vacían, las colillas se acumulan y el bar declara su victoria una vez más. Pensativo, observo cómo otro joven muchacho intenta ligar con la extranjera que hace dos semanas frecuenta este mismo  antro, y me recuerda mis intentos fallidos de forjar una relación antes de que finalizara la última. Ahora me dio por entender que el verdadero amor no se busca, sino que se espera. Quienes no quieran correr mi misma suerte, tan sólo deberán entender que los secretos, las mentiras y el engaño no servirán más de lo que pueden dañar.

En más de una ocasión, Verónica me habló de su sentir culpable, y me cuesta entender cómo pudo finalmente éste anteponerse a lo que sentíamos. Le propuse una vez que nos fuéramos, que olvidáramos todo y partiéramos lejos, pero el miedo a dejar a los suyos pudo más. Tal vez su manera de sentir no fue más verdadera que la mía. Tal vez su manera de sentir tenía compromisos inalienables con otro amor.

Reconocer que nuestra relación no tenía un nombre clásico no me traía mayores problemas, aunque hubiese deseado poder llamarla mi novia. Para nuestro mutuo lamento, bien sabíamos que ese título lo había proclamado su hija pocos días antes de presentarnos, con no más de unas pocas citas, tres besos y dos te quiero. Enterada ella de la verdad del caso, se encargó de generar un quiebre de magnitudes monumentales tanto en su familia, como en la relación con mi verdadera amada, y como era de esperarse, fui desterrado de su vida por cuanto pude serlo. Verónica no ha contestado mis llamadas desde entonces. Supongo que hay veces en que no sabe el deseo más que la suerte, y sólo nos toca callar.

Da la hora de cierre cuando afuera de las paredes que albergan  el humo, los hedores y las caras de derrota se vislumbran los primeros rayos de sol de un nuevo lunes. Me levanto satisfecho, y converjo mis pensamientos e ideales en la conclusión rutinaria. Costará encontrarlo, y probablemente tienda a esconderse una vez descubierto. No sabrá de edades, géneros ni clases sociales. Podrá llenarse de polvo, y necesitará eventualmente una buena sacudida para volver a brillar, pero de lo que estoy seguro, es que el amor sí existe.

Hasta una próxima lectura.


noviembre 15, 2011

Por, y Para Ti

No es exactamente el momento más cómodo de la conversación, pero para quienes se han mostrado interesados en conocerme un poco más, se ha transformado inevitablemente en la pregunta de rigor.

“¿Y lo superaste?”

Entenderán aquellos -poco afortunados- compañeros de experiencia, que esto no es precisamente algo que se supere, sino que tan sólo se puede aprender a vivir con ello, y mi respuesta no suele disentir de aquella sensación.

“Yo creo que he aprendido vivir, tal como a él le hubiese gustado que lo hiciera”

Él siempre fue un hombre alegre, sensato, racional, y por sobre todo muy optimista. Me inculcó valores de los que me siento orgulloso, y me enseñó a creer en mí mismo. Me hizo ver que las realidades particulares son tan disímiles como cada personalidad, y que ninguna vale en lo concreto, más que la otra. Recuerdo bien los juegos con los que me divertía a diario, y sus clásicas charlas motivacionales. Tanto bien que hizo no pasó desapercibido por mi vida, y he aprendido a honrarlo en cuerpo y alma. Puedo decir sin pudores que él fue el único hombre al que he amado, y al día de hoy mi postura se mantiene inamovible.

Haciendo pública una infidencia, confieso que con nadie he dormido más veces que con él, y todavía a diario amanece junto a mí. Está conmigo en cada viaje que hago, y en cada panorama que planeo. Está entre mis recuerdos, mis proyectos y mis amigos. Está en casa, en mis pensamientos e incluso en aquellos encuentros furtivos. Está en mis tributos, mis anhelos y mis promesas. Está en mí, y jamás dejará de estarlo.

El día de hoy es para mí, sin lugar a dudas la fecha más triste del calendario. Se cumplen seis años ya desde la última vez que mis ojos vieron los suyos apagarse lentamente, mientras mi madre apretaba con firmeza su mano derecha, en un desesperado intento de aferrarlo a nuestro mundo. Jamás he vuelto a escuchar un grito tan desgarrador como el que di aquella insufrible mañana, y dudo de mi capacidad para repetirlo.

El reloj no haraganea, y deja en evidencia que el tiempo no ha pasado en vano. He madurado, y junto a mi hermano nos hemos transformado en los hombres que hubieses deseado ver. Mi madre no vive más por ella, que lo que vivía por ti, y tu ausencia se ha hecho evidente en la crianza de tu hija. Como familia seguimos vivos, y de alguna manera hemos sabido salir adelante. Sería una mentira decir que no te extrañamos en nuestras graduaciones, en cada uno de nuestros cumpleaños, navidades o finales de año. Te extrañamos de igual forma durante las vacaciones, el día del padre y te seguimos extrañando al día de hoy. Te extrañamos siempre, y no podrías imaginar cuánto.

No quiero, por cierto, que esta confesión se preste para malos entendidos. Bien sé que ya no estás con nosotros, pero eso no quiere decir que nosotros no podamos estar contigo. Queda claro que el sentir pertenece de manera exclusiva al mundo de quienes todavía respiramos.

Hoy vuelve a ser quince, y figura entre mis dedos la idea de homenajearte una vez más. No dejaré registro de particularidades que de necesarias tienen poco, pues sabrías tú tanto como yo sé, que el verdadero sentir y los reflejos íntimos del alma se respiran incesantes, y me vale más dedicarte este espacio, mis acciones y mis dichos, que una lista de extintas bondades. Bien sé quién fuiste, y en mí, quien todavía sigues siendo. Bien sé que no puedo abrazarte, y me complace que seas tú quien me abrace a diario. Bien sé que hoy no estás, y me consuela saber que nunca dejarás de estar. Bien sé que te amo, viejo, y que eso jamás dejará de ser así.

Por, y para ti, hasta una próxima lectura.


noviembre 08, 2011

Viernes Casual (Parte II)

(…) Una vez en la estación, y bajando por las escaleras mientras compartíamos las mismas risas de aquella mañana, advertí que la cantidad de gente ahí era inusualmente alta, llegando a ser notoriamente incómodo. No cabía un alma más entre los cuerpos que con dificultad se yuxtaponían, la mayoría de ellos sucios, malolientes y cansados. Miramos en ese momento a nuestro alrededor, y notamos que los codazos y los empujones eran más frecuentes que las conversaciones entre quienes con apuro tramitaban sus vidas. Codazos y empujones de los cuales nosotros también fuimos víctimas y agresores. Fue en ese entonces cuando la escuché gritar.

-          ¡Mira! – Exclamó mientras señalaba a un pequeño animal que a la distancia parecía ser un perro -guardaba cierto parecido con un Golden Retriever- que aullaba desconsolado del otro lado del andén.

Perplejo, noté que el pequeño de unas siete semanas –pensé, como si se hubiese tratado de un perro- retrocedía en dirección a los rieles del tren que pronto llegaría. El andén estaba atestado de gente, mas nadie se preocupó de salvaguardar la integridad del pequeño y supuesto canino. Con evidente angustia en nuestras miradas fuimos testigos de cómo cayó a la línea del tren, y junto a unos pocos espectadores que también habían advertido la pronta tragedia, nos preparamos para lo peor.

Claudia se disponía a buscar a algún encargado de seguridad para dar aviso de la caída del pequeño animal, cuando frente a todos, y por sobre toda lógica y racionalidad, vimos salir del oscuro túnel a otro de ellos, esta vez mucho más grande. Inexplicablemente grande. Debió medir unos cuatro metros de alto estando sentado, y conformaba en todas sus dimensiones a un cuadrúpedo singular, de descomunal tamaño y musculatura de envidia. Jamás se había visto a un canino de tales características, era un verdadero monstruo, que en un intento desesperado se precipitó sobre el cachorro, como si quisiera protegerlo de las miradas morbosas que anhelaban el sangriento desenlace. Comenzó a ladrar con evidente molestia, dejando entrever sus afilados y amarillos colmillos, lo que generó en todos los espectadores un alboroto colectivo. La histeria, los gritos, el miedo y la desesperación se apoderaron de ambos andenes, y en un intento global por escapar de la estación, los empujones se hicieron más y más frecuentes. Sumado a lo anterior, los estruendos que generaban los coletazos del animal al chocar incesantes contra los extremos de los andenes, y el tiritón que esto generaba en el piso que la mayoría compartía, causaron que fueran varias las personas que sufrieron la misma suerte que el inocente cachorro, cayendo entonces a los rieles del tren. Toda esta situación ya era muy extraña, y se ponía cada vez peor.

Claudia -al igual que todos los presentes- no lo podía creer, y se aferraba a mi brazo con la misma fuerza con la que me había empujado esa mañana. Me lo sentía estrangular, mientras asombrados seguíamos viendo gente caer entre ambos andenes. Los gritos eran ensordecedores, y la exasperación colectiva. De momento que el cuadrúpedo gigante se levantó, y comenzó a caminar en dirección a quienes habían caído a los rieles, se dio la orden de cortar la corriente para suspender la llegada del próximo tren. No sé qué habrá sucedido, porque más que la simple orden, no hubo.

Con Claudia no sabíamos qué hacer, si arrancar o contenernos, si gritar o socorrerlos. No hubo espacio para más dudas, cuando de improviso vimos llegar los trenes que con puntualidad cumplían su horario. Sabía que ya era tarde para los caídos, y abracé a Claudia para que no viera lo que sería la tragedia nacional del año. Presencié una mutilación sin precedentes, un atropello sin escrúpulos y un desmembramiento general de todo quien intentó salvarse, volcándose en un desesperado intento al andén. Incluyo en el atropello a ambos caninos, donde el mayor provocó que uno de los trenes finalmente se descarrilara, causando la muerte instantánea de unos cuantos desafortunados más. Dejé de escuchar los gritos, el llanto y la emergencia cuando nos vi vistiendo la sangre de quienes habían corrido la peor de las suertes.

Claudia se separó lentamente de mí, y mientras me miraba fijamente a los ojos, una taquicardia impetuosa me invadió de súbito. Me sentí desvanecer, y me lamentaba no poder seguir mirándola un segundo más. Me lamentaba no poder seguir ahí para protegerla, y darle otro abrazo. Me lamenté una vez más al despertar, y al descubrir que otro sueño me había mantenido atado a la cama por cuarta noche consecutiva. Me lamenté una vez más al descubrir que llegaría tarde al primer viernes lectivo del semestre. Me lamenté una vez más, al saber que el día de hoy se trataría de sólo un viernes casual más.

Hasta una próxima lectura.


noviembre 06, 2011

Viernes Casual (Parte I)

Comenzaba el primer viernes lectivo del semestre, y por más que me había propuesto llegar a la hora, un extraño sueño me ató a la cama por más tiempo del presupuestado. Ya era la cuarta vez esta semana. Fue un despertar apresurado, con una ducha sin jabón y un desayuno que todavía adeudo. La misma ropa del jueves, el bolso al hombro y la maratónica marcha al paradero no le atribuían al día galardones de particular. Había llegado tarde una vez más a la universidad, y para empeorar la situación, había dejado en casa el blanco delantal, requisito básico para entrar al laboratorio químico de trabajos prácticos.

Corría rápidamente por las escaleras pensando en una excusa que justificara los treinta y siete minutos de atraso que le restaban formalidad a mi interés por los estudios, cuando sentí que alguien –al parecer más apurado que yo- me empujó con una fuerza que hasta entonces no había experimentado, haciéndome perder el equilibrio y causando que me  desplomara  en el piso. Levanté la mirada, y tras ver que esta persona había desaparecido sin dejar rastro, confirmé que mi día no podía haber comenzado de una peor manera.

Adolorido todavía por la caída y el golpe, entré al laboratorio y me dispuse a buscar al profesor de turno, para que tras largos minutos de incómoda súplica y excusas baratas me facilitara un delantal para poder comenzar a trabajar. Cuando llegué al mesón que me habían asignado -el único que a esa hora tenía espacio disponible- una compañera que hasta entonces en mis años de universidad no había visto, me esperaba en silencio. Su mirada hacía presumir que tenía algo que decirme, pero entre mis dudas y las buenas costumbres que me invitaban a saludarla, no pude hacer más que mirarla perplejo. No la vi venir hasta que noté que la tenía encima, abrazándome, mientras me daba una y otra vez las disculpas del caso.

-       ¿De qué estás hablando? – Pregunté confuso.
-       ¡Te pasé a llevar hace un rato, en la escalera! – Me explicó. ¡Discúlpame, es que venía demasiado atrasada y me carga llegar tarde! Por cierto, me llamo Claudia.

La excusa de Claudia me parecía tan válida como la mentira que le había inventado al profesor minutos antes, pero aparenté comprenderla y darle mi mejor sonrisa para cambiar el mal rumbo que desde temprano mi día había adoptado. Después de todo, seríamos compañeros en el trabajo de laboratorio, y además tenía ese je ne sais quoi que la hacía diferente del común de las muchachas. Tal vez eran sus ojos, tal vez era su sonrisa. Pudo también ser otra cosa, no lo sé. Lo que tenía por seguro, es que lo tenía.

Sin entrar en detalles, confieso que nuestro desempeño en el trabajo fue deplorable. Fue así tanto por mis constantes fallas en las mediciones -que de analíticas tenían poco- como por su torpeza y falta de solidez en sus movimientos. Un error del ocho coma siete por ciento y dos matraces rotos daban cuenta de aquello, mas pareció no importarnos mucho. No creo que el motivo haya sido la falta de sentido común, criterio o responsabilidad. Simplemente habíamos disfrutado del trabajo, y las risas compartidas nos permitieron alegrarnos, en lugar de criticarnos mutuamente los constantes errores. Cansados, nos prometimos el uno al otro trabajar con mayor agudeza la próxima vez, y repuntar con resultados exactos.

Se nos había hecho tarde, y una vez colgadas las batas emprendimos camino a nuestros hogares. Con el único fin de no separarnos de inmediato, le propuse a Claudia que tomáramos el metro tren en lugar del bus que cada uno de nosotros acostumbraba, a lo cual ella aceptó gustosa. Los veinte minutos caminados hasta la estación nos permitieron conocernos un poco más, y conversar incluso de las irracionalidades que a ambos nos llamaban la atención. Recuerdo que ella manifestó su deseo de vivir una experiencia fuera de lo normal, algo que escapara de toda lógica. Me pregunto si sabía lo que estaba a punto de suceder.

Una vez en la estación (…)

Continuará.