mayo 02, 2012

Santiago Sin Palabras

Cien palabras y una idea. Los requisitos no son más que esos, y en consecuencia la oficina de correos virtuales se llueve de potenciales ganadores. Sucede que los bolsillos de la capital añoran sus tiempos de solvencia, y presionan al intelecto colectivo a desarrollar un concepto que ventile anhelos, sueños e intereses propios, dejando en el olvido el verdadero sentido de la confesión. Marta, Aníbal y Diego son claros ejemplos de quienes escriben sobre su vida privada para concursar, a ver si les salta la liebre y con eso se ganan unos pesos.

Rubén no es la excepción, y noche a noche reinventa episodios que no terminan de convencerlo. Esta historia no sería particularmente triste, sino fuera porque lo viene intentando desde que aprendió a escribir. Rubén no tiene amores ni amigos, ni anécdotas en las cuales basar sus creaciones. Su imaginación fluye, y lo invita a darle un espacio a la creatividad para manifestar la posibilidad de que absolutamente todo sea posible. ¿El problema? No es capaz de transmitir lo que siente como desearía hacerlo, y entre intento e intento vuelve a quedar solo, sin más que su pluma y unas cuantas superficies en blanco.

La ciudad se enajena, las ganas de participar en el proceso se hacen colectivas, las musas se hacen presentes y la imaginación se pone de pie. Lástima que Rubén, entre tinta y borradores, no consiga consolidar nada más que un sueño, dos deudas y sus lágrimas.

Hasta una próxima lectura.


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