Juan no perdona ni olvida. Juan sufre, y día a día realiza el
sagrado ritual que le ayuda a disfrazar de alivio su dolor. Tomar el troncal
505 a las 5.30 am no le significa un gran sacrificio, considerando que no tiene
quien lo extrañe entre sábanas, y su piel ha desarrollado un grueso aislante
térmico para sobrellevar los crudos días de invierno. Saludar al chofer
involucra demasiada interacción entre dos entes de costumbres, por lo que
escuchar el agudo “Bip” del validador, y ver el bulbo iluminarse de un verde cannábico es suficiente para ambos. Avanzar
para tomar asiento comprende un gasto de energía que alguien en su situación,
no está dispuesto a realizar.
Sin combinación ni demora, Juan llega al quiosco que ha heredado
de su padre, y en donde a través de la venta de periódicos, dulces y revistas
genera el fondo diario destinado a la compra de genéricos de paracetamol e
ibuprofeno, sus únicos íconos de bienestar temporal. En la farmacia lo conocen
como el caballero que no sonríe,
aludiendo a las ya clásicas compras automatizadas, entre las cuales jamás le
han preguntado su nombre.
Juan tiene úlceras, y las drogas le acortan la vida tal como lo
hicieron con Sofía, su esposa que desde hace ya buen tiempo no lo acompaña, y a
quien todavía llora. Es una lástima que la ciudad sólo le financie el mortal
proceso, y nunca nadie le pregunte cómo se encuentra.
Hasta una próxima lectura.

Pucha! Juan me da pena :/
ResponderEliminarjsoajsoajsoaojsa estás descubriendo nuevos colores pequeño :) Me gustaron los retoques, muaaak! <3
De alguna u otra manera, hay muchos "Juan" en Santiago, lo que no deja de ser lamentable.
ResponderEliminar¿Qué sucede con mi verde cannábico? Jajaja es sólo un poco de imaginación. Un beso, linda :)